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Mostrando las entradas con la etiqueta lago

Caminar sobre el agua

  35 días habían pasado solamente desde nuestro retorno a Africa, pero fue tan intenso lo vivido en estos últimos 4 países que bien pudieron haber sido 350. Acumulamos más de 2000 km de montañas exuberantes, lagos azules cristalinos, selva africana, sabana y bush repleto de animales salvajes. Demás está decir entonces, que para cuando llegamos a Mbeya, una ciudad grande al sur de Tanzania nosotros necesitábamos un merecido descanso, cuando Josefina, la hermana de Julia quien vino a visitarnos, ya estaba lista para salir. Afortunadamente, la recompensa de caminos tan duros no terminaría en dos días de buena cama y comida sino en Malawi, uno de los países más bonitos, tranquilos y fáciles para pedalear de todo Africa. Particularmente ahora, que con Josefina de compañía debíamos reducir notablemente nuestro paso de guerreros, para que ella pudiera seguirnos.

Si el dinero hace falta, se pide

A veces deben suceder tragedias humanitarias como los genocidios para que ciertos países, irrelevantes ( y a veces desconocidos absolutamente) para casi la mayoría de la gente, aparezcan en el mapa de la humanidad, como es el caso de Ruanda, que de la mano de su brutal genocidio de 1994 ha entrado en la memoria de la historia para siempre. Pero hay casos en los que no importa cuánto sufrimiento ocurra, ni siquiera llegan a tener el privilegio de ser notados por un mundo que ignora lo que no le importa, como es el caso del país vecino de Ruanda. Burundi ha contado con su propio genocidio, también entre Hutus y Tutsis, seguidos por décadas de guerra civil, hambre y pobreza, pero son muy pocos los que parecen haberse enterado. La pregunta más frecuente que recibo cuando digo "Burundi" es: ¿Y eso qué es? Al país olvidado entramos luego de salir de Ruanda.

El país de las mil formas de sufrimiento

En el año 94, cuando tenía 16 años, un remoto país africano prácticamente desconocido por los sudamericanos, de repente hacía eco en las noticias. Es poco o nada lo que se publica sobre Africa en mi país de origen, por eso tengo recuerdos vagos de aquel momento, pero lo que sí recuerdo perfectamente, es que se trataba de una nueva historia trágica que venía del continente negro (después de todo, lo malo es lo único que se escucha de allí). Lo que no supe sino hasta bastante más tarde en mi vida, era la magnitud de la tragedia que ocurría en Ruanda por aquellos días. Por eso fue inevitable llegar a este diminuto país con una imagen de profundo dolor. 

Hacia Africa negra

Con la llegada a Lodwar salimos finalmente de la trampa de arena que significó entrar a Kenia cruzando por la huella que conduce a lo largo de la orilla oeste del lago Turkana. En esta pequeña ciudad creíamos que lo peor ya había pasado, pero la salida de Lodwar demostraría que tan sólo estábamos pasando a una nueva etapa muy dura en nuestro camino hacia Africa negra.

Tierra de guerreros

Haber llegado al valle de Omo había sido ya de por sí un traslado en tiempo y espacio a una dimensión completamente diferente a lo que había experimentado alguna vez. Sin embargo, dicha experiencia estuvo teñida por los efectos profundamente negativos que tiene el turismo en esa región. Pero al cruzar el río Omo en Omorate todo se transformaría radicalmente. Allí, ya con el sello de salida de Etiopía en el pasaporte, cargamos las bicicletas en una canoa tradicional Dassanech para cruzar el legendario río y emprender uno de los estrechos más rigurosos, remotos e impredecibles de todo el este de África: la inestable tierra de nadie de la triple frontera entre Etiopía, Kenia y Sudán del Sur. Pocos momentos había esperado con tanta ansiedad en mi vida como este y estaba por recibir finalmente la buena dosis de adrenalina que traería consigo.

De lago en lago

El camino al lago Hövsgol nos dejó muy cansados. Pasamos 12 días y 648 km avanzando a un promedio de 35 a 45 km al día, pedaleando senderos de arena, barro, tierra con rocas, raíces, cruzando ríos con las cosas al hombro, combatiendo insectos endemoniados, comenzando a lidiar con un frío inminente y en mi caso un espantoso dolor de muela que no olvidaré nunca. Llegar a los insólitos 100 km de asfalto que separan el pueblo de Hatgal, en el extremo sur del lago, de la ciudad de Mörön, se sintió casi como una fantasía. Luego de tantos días duros, recibimos al asfalto con entusiasmo. Estamos mugrientos, cansados y sólo quedaban 100 km para encontrar una ducha y una cama para dormir. El asfalto siempre roba encanto pero lo cierto es que el paisaje hasta Mörön no deja de ser realmente increíble. Los espacios de bosque denso se van reduciendo y se vuelve finalmente a extensiones enormes de estepa, que ya en la primera de semana de septiembre comienza a pasar del verde al amarillo en vario...

Problemas y no problemas

En términos de rigurosidad física, toda la travesía hasta Erdenet había pasado casi desapercibida. Ya pasados los 10.000 km de viaje, y luego de haber pasado 6 meses en el trópico sorteando pendientes empinadas todos los días, las suaves subidas y bajadas de la estepa resultaron un simple paseo que recibimos con mucha alegría. La historia, sin embargo, cambiaría en el camino al lago Hövsgöl.

La larga cruzada de Sumatra

Habían sido varias las personas que me habían hablado de Sumatra como "lo mejor de Indonesia", pero la verdad es que luego de más de tres meses de rodar por este país, y de habernos quedado sin aliento una vez tras otra, me resultaba imposible imaginar que podría venir algo aún mejor. Para cuando llegó el momento de alcanzar finalmente dicha isla, iba a tener que venir algo ciertamente impactante para lograr superar a algunos de los lugares más deslumbrantes por los cuales ya habíamos pasado.