Hay momentos en la vida que tardan en llegar. Momentos que quizás uno lleva deseando y hasta ansiando por días, meses y años. Momentos por los cuales uno aprende a cultivar la paciencia, mientras todos los días pone un poco de sí para poder eventualmente llegar a ellos. Así he esperado por años, el momento de llegar a Mongolia, un país que llevo más tiempo del que puedo recordar, queriendo visitar. A medida que pasa el tiempo, más me inclino a creer en que hay una inteligencia intrínseca en el modo en que el destino ordena los sucesos de la vida, porque pude haber elegido muchas otras oportunidades para viajar por este país, pero nunca hubieran sido el momento correcto. Esta vez lo fue, al menos así se sintió y la experiencia fue de aquellas que subliman el alma y desbordan los sentidos.
Andando por los caminos del mundo