A pesar del virtualmente infinito continuo urbano que se experimenta a lo largo de las rutas japonesas, existen lugares en donde hay una relativamente mayor proporción de naturaleza. Jamás es naturaleza virgen, uno no viene a Japón precisamente en busca de aventura porque no la hay, pero es naturaleza al fin y en la isla de Shikoku en otoño, es especialmente muy bonita. Luego de haber tomado casi una docena de barcos y ferrys todo este año que pasó, algunos pasando por aguas tradicionalmente tempestuosas, resultaba casi sorprendente que nunca hubiera habido marea fuerte. Más sorprendente aún, sería que al cruzar a Misaki, en la península de aguas turquesas de Sadamisaki, llegara de color amarillo patito y casi vomitando. Menuda marea al salir de Saganoseki, me volteó al piso en tan sólo 10 minutos e hizo de los 60 restantes lo más parecido a estar por diversión dentro de una máquina centrifugadora de ropa en funcionamiento. No fue hasta el día siguiente en el que el dolor de cabez...
Andando por los caminos del mundo