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El amor por el mato

Luego de atravesar 350 km del mato por una semana, llegué finalmente a Lubango muy cansado . Pero en vez de quedarme a descansar en la ciudad más grande del sur del país decidí continuar 15 km cuesta arriba hasta Humpata, un pueblito ubicado en una meseta a 1920 m de altura. Allí me recibió el Padre Sabino en la misión católica que se encuentra en el medio de un solitario bosque de eucaliptos.  Necesitaba reponer energías porque no estaba dispuesto a dejar el corazón tribal de Angola ; luego de unos días iría por más.

El corazón tribal de Angola

Llevaba casi dos meses de adrenalina pura, pedaleando por los caminos más remotos de Namibia, disfrutando en bella soledad de una naturaleza sublime a la vez que esgrimía a diario el acecho inminente de las fieras y lidiaba con la escasez de recursos. Cuando uno se acostumbra a vivir con esta dosis de estímulos, el problema es que es difícil volver atrás; uno siempre quiere más. Por eso, decidí continuar mi travesía hacia el norte, evitando la comodidad (y el aburrimiento) del camino asfaltado que cruza en Oshikango, optando en vez, por la ausencia total de caminos y entrar por el corazón del mato angoleño cruzando el río Cunene en Ruacaná. La aventura continuaba.

La sublime belleza de la desolación

A lo largo de mis años de viajero he descubierto, sobre todo desde que comencé a viajar en bicicleta, que la esencia de un país y de una cultura yace en esa delicada transición que ocurre entre los puntos renombrados del mismos. Con el pasar del tiempo, he perdido casi el total interés, por lo menos cuando se trata de viajar propiamente dicho, en visitar atracciones turísticas, porque en ellas he comprobado una y otra vez que la cultura local se diluye en el juego perverso de la avaricia y la comercialización de la belleza. El resultado es encontrarse en lugares que si bien originalmente atesoran una belleza exquisita, toda la estructura que se ha desarrollado a su alrededor los vuelve muy difíciles de disfrutar en un estado medianamente puro.

Sudáfrica mía

 Luego de despedir a mi papá en el aeropuerto de Ciudad del Cabo, mis vacaciones han llegado a su fin y es hora de prepararme finalmente para iniciar esta nueva larga etapa por la costa oeste del continente africano. Tengo 15 meses para llegar a Andalucía a lo largo de unos 20 países de Africa occidental y sé muy bien que la travesía será decididamente más dura que la ruta este que hace poco acabo de terminar. Paso mis últimos días en Ciudad del Cabo poniendo a punto la bici, consiguiendo repuestos que necesitaré al andar y disfrutando de esta ciudad de exquisita belleza que tan signficativa es para quienes damos la vuelta entera a este continente. Mi cuerpo está muy fuerte, pero mi mente aún no tanto, sigue atrapada en un pasado añorado que nunca vuelve.