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Antes de la guerra

      No importa cuánto uno intente prepararse para afrontar imprevistos, nunca es posible prevenirlo todo. Ya habían pasado casi 10.000 km desde que había salido de Ciudad del Cabo y cargaba desde allí con 10 kg extra en repuestos. Por mucho que me pesara, era inevitable porque sabía que hasta Europa no podría encontrar nada de calidad en caso de roturas, por lo que cualquier problema podría fácilmente devenir en pesadilla.  De todos modos, como es habitual, la Ley de Murphy prueba ser infalible y siempre se rompe algo al margen de todo lo que uno puede reemplazar . En este caso, luego de días pedaleando a puro golpes antes de Mako kou , noté que mitad del porta-alforjas delantero quedó suelto en el aire. Me había pasado muchas veces que por esfuerzo de corte, debido a impacto y peso, los tornillos se cortaran, pero esta vez lo que se había cortado no era el tornillo sino la pieza de sujeción unida a la horquilla.

La selva

Sabía poco y nada de Gabón antes de cruzar la frontera, y es quizás por eso que llegaba allí con tanto interés. Desde muy pequeño, en mi hábito de quedarme hipnotizado varias horas mirando los mapamundis, muchos países me despertaban curiosidad tan sólo por cómo sonaba su nombre. Gabón, por algún motivo que no podría explicar, era uno de ellos. Me gustaba decir: "Gabón", me quiero ir a: "Gabón", y porque curioso no se hace, se nace ¿a dónde llegaba finalmente ahora, a mis 37 años? - Por supuesto, a Gabón. 

Una panadería en Ondingui

    Ya estaba a tan sólo 160 km de la frontera con Gabón. Aún seguía en la sabana ecuatorial sufriendo cada día más el calor abrasador aliado a la pegajosa humedad tropical y sin tener lugar dónde refugiarme. Habían pasado ya m ás de 800 km desde que había salido de Brazzaville y la llegada a la selva se me hacía cada vez más larg a . Podría haber optado por un camino más corto y probablemente más entretenido, pero no había decidido venir por acá arbitrariamente sino por elección deliberada. Tenía una tarea por completar antes de entrar a Gabón. 

Sanación espiritual

    Dentro de la gran cantidad de cosas que me motivan a viajar por el mundo, hay una que persigo con particular interés y es quizás la que más fascinación me provoca: las diferentes manifestaciones de espiritualidad en los seres humanos. Como consecuencia directa del colonialismo, en las regiones no islámicas de Africa, como en occidente, es también el domingo el día en el que mayormente se celebran los rituales religiosos. Es un día que disfruto mucho porque el andar de mis mañanas está generalmente acompañado por el canto comunal que brota del interior de las pequeñas iglesias y parroquias de las aldeas que atravieso.

El cálido espíritu congoleño

Han pasado nuevamente 3 semanas de estar detenido, pero finalmente la espera ha acabado y la burocracia también (al menos por el momento). Estos últimos dos meses de paradas larga s pasaron lento pero lo cierto es que han sido necesari a s. En la primera, en Luanda, me he ganado un hermoso puñado de grandes amigos; en la segunda, en Cabinda, me he rencontrado felizmente con la magia, si bien temporal, de una pasión ardiente; y en esta última parada en Brazzaville, aunque ya muy cerca del aburrimiento , he descansado y engordado. Lo importante es que he podido recuperar mis fuerzas, porque de ahora en adelante no habrá más descansos y necesitaré hacer uso de cada partícula de energía para enfrentar la aventura que planeo para los próximos meses.

El país que no debió ser

Mi estadía en Brazzaville sería la última antes de dejar por mucho tiempo, un mundo con un mínimo nivel de confort. Es por eso que sin quererlo debí pasar tres semanas necesarias haciendo base en esta capital . No es cosa fácil, porque ya no es sorpresa para mí , que como toda capital africana no tenga nada de bonita ni nada de interesante. Allí me tuve que concentrar principalmente en sortear (y batallar) las peores burocracias de los países de esta mitad occidental de Africa, para poder seguir adelante con mi ambicioso plan para cruzar la selva ecuatorial. 

El Congo que no esperaba

Congo, el Congo. Creo que no existe aventurero de verdad en cuya cabeza, este nombre no resuene hasta el punto de llegar a quitarle el sueño. Tanto en las fantasías de uno como en la realidad, el Congo evoca imágenes de misterio, de intriga; de un mundo que ha permanecido impenetrable por siglos y que otrora, ha castigado con la muerte a muchos de aquellos primeros exploradores que a lo largo del tiempo han osado atravesarlo. El Congo, divido políticamente en dos, la República del Congo y la República Democrática del Congo (ex-Zaire y que sólo en el nombre del cinismo puede ser llamada democrática ), es el pulmón de Africa, una porción enorme de ese manchón verde oscuro en el mapa del continente negro, la selva ecuatorial. Allí llegaba luego de años de haberlo soñado, con mi mente y mi cuerpo listos finalmente para entregarse a una aventura única en la vida. Pero la llegada no sería tan directa, primero me tocaría conocer un costado del Congo que no era el que yo esperaba.