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Sudáfrica mía


 Luego de despedir a mi papá en el aeropuerto de Ciudad del Cabo, mis vacaciones han llegado a su fin y es hora de prepararme finalmente para iniciar esta nueva larga etapa por la costa oeste del continente africano. Tengo 15 meses para llegar a Andalucía a lo largo de unos 20 países de Africa occidental y sé muy bien que la travesía será decididamente más dura que la ruta este que hace poco acabo de terminar. Paso mis últimos días en Ciudad del Cabo poniendo a punto la bici, consiguiendo repuestos que necesitaré al andar y disfrutando de esta ciudad de exquisita belleza que tan signficativa es para quienes damos la vuelta entera a este continente. Mi cuerpo está muy fuerte, pero mi mente aún no tanto, sigue atrapada en un pasado añorado que nunca vuelve. 







Decido emprender mi ruta hacia Namibia por los senderos de tierra que corren al lado de las vías de los trenes de carga mineros que se extienden junto a la costa atlántica. Son caminos privados utilizados por los obreros que hacen la manutención de las vías, no hay tráfico público alguno en ellos pero al estar en bicicleta, en cada puesto de control me autorizan sin problemas a transitarlos. Son días espléndidos en los que avanzo junto al océano Atlántico en completa soledad, algo que ya venía ansiando a lo grande desde mi último tiempo en Buenos Aires. Ya es final de abril, el clima es agradable durante los días, pero frío en las noches cuando el viento marítimo sopla desde el mar. Avanzo a lo largo de centenas de kilómetros de playas vírgenes de arena blanca y mar azul, y sin embargo no puedo tener el lujo de darme un chapuzón porque la corriente de Benguela, proveniente desde la Antártida, baña las costas de África occidental mantiendo al agua a temperaturas gélidas que anestesian la carne y petrifican los huesos.


En poco tiempo me doy cuenta de que esta parte de Sudáfrica es muy diferente al resto del país que ya llevo cruzado, combinando la aridez de tonos marrones y amarillos del Karoo pero con la humedad y los vientos del clima marítimo. Desierto y océano se encuentran en un punto donde la población es escaza y las distancias eternas. Cada noche al acampar, el rocío deja mi tienda y mi bicicleta completamente empapados en no menos de una hora luego de caída la noche.

Cuando alcanzo Strandfontein decido desviar tierra adentro para cruzar el estado del Cabo del Norte por el centro. Ya en la ruta N7, camino a Vioolsdrif, las ondulaciones de las montañas áridas desdibujan la rigidez del horizonte y el clima se vuelve mágicamente seco. Siguen siendo días largos, pero me las arreglo para encontrar alguna hacienda donde me reciban al final del día. La hospitalidad Sudafricana continúa siempre viva, también aquí en el Cabo del Norte, donde la mayoría de los habitantes son los llamados “coloured” (mestizos, de color), quienes ni bien llego me ofrecen un lugar para dormir. Es en este Estado, donde experimento por primera vez los colores sobrenaturales de los atardeces que me acompañarían de ahora en adelante, a lo largo de todo el camino hasta Windhoek.






Sudáfrica bien adentro de mi corazón
Sudáfrica es el país al cual llegaba meses atrás con las menores expectativas y el mayor escepticismo. En mi cabeza representaba el hiato aburrido entre las aventuras salvajes de África, los caminos fáciles, la gente menos interesante, el gran desarrollo del turismo en masa, etc. Sin embargo, no importa cuan abierto uno cree que es, una vez más estaba siendo víctima de mis propios prejuicios, pero nada mejor en el mundo que viajar para combatirlos. 


Como en ningún otro país al que hubiera llegado antes en las mismas condiciones, la experiencia al andar, rápidamente reconfiguró la imagen que yo tenía de este lugar. Mis prejuicios se vieron arrasados, y mis sentimientos dados vuelta. Sudáfrica es como una mujer de la que te hablan pero no conoces y las palabras realmente no alcanzan para generarte interés, no obstante accedes a una cita a ciegas y al verla, escucharla y sentirla en persona, la vida te sorprende con un regalo inesperado y te enamoras perdidamente de ella. 

A Sudáfrica se la conoce como la "nación arco iris": negros, blancos, mestizos, indios, árabes, e inmigrantes de todo el resto de Africa y el mundo, han poblado esta tierra e intentado (y aún intentan) hacer un país armónico de ella. No ha sido nunca un camino fácil, y aún ciertamente no lo es. Incluso ya casi dos décadas después desde el final del experimento racial del apartheid, la separación entre razas se mantiene muy viva en la psique de la gente, en la estructura urbana y social, y es omnipresente en casi todas las situaciones de la vida diaria, aún cuando la gran mayoría demuestra amor, admiración y respeto inexorable hacia el gran Nelson Mandela.
 
Paradójicamente, a lo largo de miles de kilómetros pedaleados en este país de punta a punta, en cada grupo étnico no he encontrado más que la más bondadosa de las hospitalidades. Sean los blancos, los negros, los indios, etc, donde quiera que haya querido acampar, siempre me han dado una habitación comfortable, donde quiera que haya querido cocinar, siempre me han devuelto cenas, almuerzos, desayunos de realeza, donde quiera que haya pedaleado, siempre se me han aproximado en plena ruta para ofrecerme ayuda y regalarme charlas amenas. Donde quiera que haya querido descansar unos días, he llegado como un extraño y he encontrado verdaderos hogares donde me han recibido como a un hijo, un sobrino, un hermano. He llegado cansado y he decansado en cuartos inmaculados con mi propio baño y ropa de cama impecables, he llegado sin comida y he sido agasajado con comidas dedicadas especialmente para mi presencia y me he despedido hasta con viandas preparadas para mí para tener durante mis largos días en la bici. No alcanzan las palabras para describir el amor, el afecto y el interés con el que los sudafricanos me han cuidado cada día en su país.

Por otra parte, luego de pasar mucho tiempo con ellos, siempre con cada grupo étnico individualmente, habiendo compartido extensas charlas sobre el país y su historia, reflejando la visión de cada uno, he también podido darme cuenta del difícil desafío que resulta para esta gente conciliar sus diferentes cosmovisiones compartiendo un mismo suelo a la vez que se trata de sobrevivir psicológicamente a las tragedias de un pasado a veces brutal. Afortunadamente, no puedo decir que lo que haya encontrado fuera racismo (o no al menos lo que yo creo que es verdadero racismo) más que en un puñado de casos puntuales. Sí, he encontrado críticas de una raza hacia las visiones de la raza de enfrente, pero eso no siento que sea necesariamente racismo si bien puede traducirse mal como tal. En este punto, fue claro para mí que el camino que tiene Sudáfrica por delante, para lograr una armonía entre estos grupos de gente tan maravillosa individualmente, pero también tan disímil como el agua y el aceite en lo que respecta a sus visiones, aún es muy muy largo y requerirá de mucho trabajo.    

Paralelamente, sus paisajes dejan sin aliento. Desde el bush lleno de animales salvajes, hasta las deslumbrantes costas bañadas por dos océanos, pasando por la vasta aridez del Gran Karoo, los fértiles viñedos del Pequeño Karoo y las altas cumbres truncadas de la cordillera Drakensberg, la belleza es extraordinaria en cada rincón. Sus espacios urbanos son igualmente interesantes. Ciudades espléndidas como Ciudad del Cabo son dignas de ser vividas; las decenas de pueblitos prolijos y las haciendas del interior con su legado colonial son una delicia; el hermoso caos de la vida en los pueblos y ciudades negras, los townships (villas, chabolas, favelas) nos recuerdan rápidamente que donde estamos, es en África. Sudáfrica lo tiene todo. 

 Me voy sabiendo que Sudáfrica es uno de los países que más extrañaré. Me llevo a Sudáfrica, y sobre todo a su gente, muy dentro del corazón. Me he ganado decenas de nuevos amigos que se sumaron para agrandar mi familia extendida por el mundo. Me voy sabiendo que difícilmente encontraré un rival y añoraré indefectiblemente la ausencia de su compañía. En una "guerra" imaginaria entre países para disputarse el título de la mayor hospitalidad del mundo, en el mundo que yo conozco, Sudáfrica sería uno de los grandes favoritos para destituir a los tibetanos, los sudaneses, los mongoles, los indonesios, los uzbekos, los iraníes, todos contricantes fuertes y supremos. Amo a Sudáfrica y a los sudafricanos y volvería cada día porque sé que aquí, tengo una casa donde siempre seré bien recibido, protegido, y querido.

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