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La sublime belleza de la desolación


A lo largo de mis años de viajero he descubierto, sobre todo desde que comencé a viajar en bicicleta, que la esencia de un país y de una cultura yace en esa delicada transición que ocurre entre los puntos renombrados del mismos. Con el pasar del tiempo, he perdido casi el total interés, por lo menos cuando se trata de viajar propiamente dicho, en visitar atracciones turísticas, porque en ellas he comprobado una y otra vez que la cultura local se diluye en el juego perverso de la avaricia y la comercialización de la belleza. El resultado es encontrarse en lugares que si bien originalmente atesoran una belleza exquisita, toda la estructura que se ha desarrollado a su alrededor los vuelve muy difíciles de disfrutar en un estado medianamente puro.


Habiendo dicho esto, hay atracciones famosas que dada su naturaleza son más fáciles de tolerar y hasta incluso, muchas veces es posible disfrutarlas. Es en Namibia también donde encontré una de estas: Sossusvlei, la atracción número uno del país y ciertamente uno de los lugares más bonitos que he visto en el mundo en lo que a puntos turísticos se refiere. Allí llegamos con Niel luego de días de atravesar caminos imposibles con poca gente, poca comida, y poca agua, en los que por aquí nadie se aventura sin una 4x4.



Sossusvlei es una reserva protegida en el corazón del desierto de Namib, el más antiguo del mundo, donde de plena desolación ha surgido la más sublime belleza. Es un espacio sin tiempo, visualmente estático; en él, el mundo parece haber dicho basta y quedar detenido para siempre. El silencio es total cuando el sol dorado del amanecer comienza a revelar las formaciones sensuales de las dunas color naranja. Unas a otras se conectan entre sí por un trazo fino que delínea la división de los extremos entre el sol y la sombra. Las vistas son memorables.


Anidado entre este océano de dunas está Deadvlei, un parche chato de tierra blanca y dura, agrietada por la falta de agua. En algún tiempo lejano, solía ser un pantano fértil donde el agua corría para hidratar a su exuberante vegetación hasta que el paso geológico y los cambios del planeta lo dejaron sin ella. El rigor de un clima seco extremo privó de la humedad necesaria para que prosperen los micro organismos que en condiciones normales devoran a la vegetación, dejando como resultado a este espectáculo surrealista de naturaleza muerta. Deadvlei es un patio inmortal en este desierto, un museo de esculturas al aire libre; y sus árboles, de 900 años de edad, han sido embalsamados por la naturaleza para perpetuar su existencia.



Deadvlei es un espacio de arte natural que cambia con el pasar de las horas. La luz transforma su realidad hasta a veces volverlo irreal. El subir y bajar por las dunas cambia las formas que vemos alterando nuestra percepción del espacio. De este modo, por momentos puede ser un espacio impresionista que en otros se vuelve expresionista. A veces es definitivamente surrealista pero en otros cubista, y en cualquier punto, todas las variaciones pueden derivar en el más puro abstracto. Cualquiera sea la interpretación visual que hagamos del mismo, aquí es donde la naturaleza produce arte. 


Luego de Sossusvlei, nos quedan algunos días más de desierto por delante. Ya ha pasado lo más difícil, ahora hay más rugosidad (serruchos) en el camino, pero hay menos pantanos de arena en los que bajarse a empujar. La soledad sin embargo, se perpetúa, este país parece más vacío que Mongolia. Desde el amanecer hasta el crepúsculo, el calor es moderado ahora en invierno, pero aún así el sol no perdona, las nubes parecen haber emigrado de aquí hace tiempo porque seguro que encontraron mejor vida en el trópico. Detesto la humedad pero comienzo a extrañarla cuando ya no puedo apoyar los talones en el piso por las grietas que ha abierto en mis pies este clima seco extremo. De igual modo, los tajos en los labios ya no me dejan sonreir sin lastimarme y mi nariz sangra por cada piedra de moco que necesito sacarme. Es en las noches, estas sobrenaturales noches del Namib, donde encuentro la recompensa a todos los esfuerzos.


Han pasado casi dos semanas y 1000 km cruzando el Namib. En él he visto transformar mi espíritu, he resurgido de las cenizas y reconectado conmigo mismo. También he ganado un gran amigo que encontré en sus caminos, Niel, con quien no sólo he compartido estos grandes momentos de belleza y dureza en la desolación absoluta, sino también los momentos de meditación que ambos compartimos como budistas practicantes. Ciertamente no olvidaré el Namib, es un punto muy significativo en este viaje y un nuevo desierto cruzado del cual me enamoro, que se suma al Sahara, el Gobi, el Taklamaklan, el Karakum.


En Windhoek termina la primera etapa por Namibia, que ha sido muy dura pero ni se compara a la que tengo planeada por delante. Es hora de aprovechar el comfort de esta tranquila ciudad para descansar, comer bien, compartir la vida con otros viajeros en el concurrido Chameleon hostel y tener la oportunidad de socializar en un país, donde saliendo de aquí, no hay nadie. Sobre todo, es momento de sortear uno de los obstáculos más difíciles de todo viaje por el oeste de Africa, la visa de Angola.

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