Ir al contenido principal

Una panadería en Ondingui

 
 Ya estaba a tan sólo 160 km de la frontera con Gabón. Aún seguía en la sabana ecuatorial sufriendo cada día más el calor abrasador aliado a la pegajosa humedad tropical y sin tener lugar dónde refugiarme. Habían pasado ya más de 800 km desde que había salido de Brazzaville y la llegada a la selva se me hacía cada vez más larga. Podría haber optado por un camino más corto y probablemente más entretenido, pero no había decidido venir por acá arbitrariamente sino por elección deliberada. Tenía una tarea por completar antes de entrar a Gabón. 

Wouter

Varios meses atrás, cuando pedaleaba en el norte de Sudáfrica por una ruta alternativa sin tráfico camino a Namibia, me encontré con un ciclista que venía en dirección contraria. Allí fue cuando conocí a Wouter, con quien decidimos acampar ahí mismo aquella noche. 
Wouter es un chico belga muy precoz. Cuando terminó la escuela a los 18 años no tenía ganas de hacer lo mismo que sus compañeros, así que decidió subirse a una bicicleta en Brujas y pedalear hasta Kuala Lumpur. Un año y medio más tarde, luego de menuda travesía, decidió que no había tenido suficiente y prosiguió a "bajarse" todo el oeste de Africa hasta Ciudad del Cabo. Con sus 21 años, Wouter ya había recorrido más kilómetros y ganado más "calle" que muchos ciclistas con el doble de su edad. Pero su motivación no acaba sólo en la sed de la aventura por descubrir el mundo en bici, Wouter lleva inquietudes mucho más grandes dentro. 


 Cuando pedaleaba por el Congo llegó a una pequeña aldea llamada Ondingui donde se quedó a pasar la noche. Lo que inicialmente sería no más que una parada entre tantas, se transformó en una estadía de más de dos semanas, donde Wouter sembró un hermoso vínculo con Mabé, el jefe de la aldea. Durante su tiempo allí, decidió que quería hacer algo para intentar mejorar sus vidas tan precarias e invirtió tiempo y su propio dinero para construir junto a ellos, a fuerza de ingenio y sudor, una panadería. De este modo, la familia de Mabé podría así emprender un negocio sencillo y tener mejores ingresos. Por motivos de visa, Wouter tuvo que irse de Ondingui antes de poder terminar el horno de pan y enseñarle a Mabé cómo hacer andar el negocio. 

6 meses más tarde, ya de vuelta en Bélgica, Wouter logró comunicarse con Mabé quien le dijo que el horno aún no había sido construido, el dinero había sido mal gastado y el negocio aún seguía sin poder arrancar. Básicamente nada había progresado luego de su partida. Allí fue cuando en una charla por e-mail conmigo, me ofrecí a desviar mi camino y pasar por Ondingui para ayudar a terminar el trabajo que él había comenzado.  Ahora, con el dinero adicional que me envió Wouter y el que decidí invertir yo en la causa, llegaba a Ondingui dispuesto a sacar esto adelante.

Ondingui

  A pesar de ser una aldea de menos de 200 personas en plena sabana ecuatorial, sin infraestructura alguna y muy lejos de las ciudades, hay un punto en el espacio a donde casi como gotas cayendo de un gotero, llega la débil señal de teléfono que les permite a los aldeanos contactarse con el mundo. Gracias a ella, Mabé, su familia y todos los vecinos me estaban esperando para darme una calurosa bienvenida. 


 Mabé, tiene menos de 40 años, nació con una malformación en los pies y tuvo polio de pequeño, por eso se vale de sus rodillas para caminar. Tiene una mirada pacífica y sencilla y habla suficiente francés como para que podamos comunicarnos bien. Al igual que para gran cantidad de africanos, para Mabé no existen los problemas sino los desafíos. A pesar de su dificultad motriz, no para de trabajar de sol a sol, haciendo entre las múltiples tareas de la vida diaria, unos hermosos banquitos de madera que vende por 1000 CFA ( ~1,80 dólar) en el mercado del pueblo más cercano. 

  
Para mi asombro, Mabé es el primer hombre africano que he conocido, que no es indiferente al ver a su mujer luchando con dificultad al volver del campo con una canasta de 40 kg de manioc (mandioca) cargada al hombro. El deja todo lo que está haciendo de lado para ir a ayudarla. Es una imagen que me conmueve luego de más de un año de ver a los hombres charlando bajo los árboles mientras las mujeres hacen todo el trabajo duro. Ella, agradecida, puede sentarse en el piso bajo un árbol junto a su hija más pequeña y comenzar a pelar los grandes tubérculos que sirven prácticamente de único alimento en esta región del mundo. 


En la mismísima casa construida por Wouter con el fin de volverse en algún momento panadería, monto mi mosquitera y la vuelvo mi casa durante los días que pasaré tratando de cumplir el objetivo que hasta allí me llevó. Sin embargo, no me lleva mucho tiempo advertir que lo que en apariencia para cualquier occidental, es un trabajo rápido y sencillo, en Ondingui es una exhaustiva tarea que requiere mucho tiempo, pero ante todo, paciencia! 

Es cuando uno convive con los africanos, pero ya con un objetivo práctico determinado en mente, que uno descubre cómo esa bella cualidad atemporal que se percibe en las aldeas, se traslada a todo en la vida africana pero no siempre de manera necesariamente pctica. Las cosas y los eventos ocurren al mismo paso que la vida, a veces tan lento que muchas veces ni siquiera llegan a ocurrir. En un universo donde a fuerza de necesidad se vive más presente que en ningún otro lado, intentar establecer un plan a largo plazo parece una tarea absurda.

Todas las tareas a desarrollar para terminar este proyecto, las sencillas, porque complejas no hay, requieren un trabajo similar al de mover una montaña. Ir a ver al vecino que sabe construir el horno y que vive a 5 casas de distancia es un tarea alcanzable pero que por momentos parece irrealizable. Ir a comprar los ingredientes para hacer el pan al pueblo a 25 km lleva dos días de planeamiento. Intentar impartir un plan práctico y sustentable de administración del dinero es una tarea incompresible para quienes el concepto del ahorro es tan claro como para mí la trigonometría. Así paso la mayor parte de las horas de días eternos y ardientes donde uno hace pero nada ocurre.

Sin embargo, entre tanto, la vida en Ondingui sigue transcurriendo en absoluta normalidad, sin apuros ni preocupaciones. Es tanta la despreocupación que a mi inevitablemente pragmática, mente occidental, le cuesta conciliar dos costados de una fuerte dicotomía entre, apreciar la belleza de una vida con pocas preocupaciones por un lado, y la incapacidad de poder llevar acabo algo tan sencillo con el fin de mejorar la calidad de vida del otro. 

Mabé continúa haciendo banquitos para vender el día que vayamos al pueblo. Ensimismado en su trabajo con la dedicación de un artista, su tranquilidad es absoluta. El apuro no existe y se marcha al paso de la vida rural congoleña.


Los niños, juegan a la pelota todas las tardes. Marinados en polvo, se revuelcan por el piso, se persiguen, se atrapan, se esconden. Lo que les falta en material les sobra en energía. Se matan de risa por el mero hecho de ser niños. No tienen juguetes de ningún tipo pero eso no es impedimento alguno para privarse de divertirse. Cualquier objeto tiene el potencial de ser juguete, cualquier motivo es una excusa perfecta para seguir jugando. 


Las mujeres pasan el día entero ocupándose principalmente del manioc. Primero les toca ir a buscarlo a las plantaciones, extraerlo de la tierra y traerlo a la aldea. Luego hay que pelarlo, remojarlo en agua, disolverlo, amasarlo, moldearlo dentro de hojas de plátano y finalmente cocinarlo. Es una tarea que lleva gran parte del día y es esencial porque sin manioc no hay comida, y a pesar del gran esfuerzo diario que significa, no escatiman en relucir sus brillantes sonrisas.


El resultado

Extendí mi estadía en Ondingui lo más que pude, 5 días. Quería comenzar a construir el horno por mí mismo junto a Mabé y los vecinos, pero no hubo caso. Al final me tuve que resignar a dejar el trabajo encargado y pago al vecino constructor de hornos con el que al final pude reunirme. He podido comprar todos los ingredientes del pan y hacer una tabla a modo de receta que indica cómo hacerlo. Esto me parecía más útil que dejarlo a la suerte de una tarea inmensa como la de esperar que Mabé recurriera a otro vecino, un panadero, para que le enseñara a hacer el pan, o mucho menos factible aún, que este último se acercara a la casa a explicarle. He podido montar tambores para proteger a la harina de los ratones y contenedores sin óxido para guardar el aceite. Finalmente, luego de largas jornadas de tratar de explicar la idea (y la necesidad) del ahorro, he dejado escrito en un cuaderno cómo administrar el dinero que les dejaría para emprender finalmente el negocio y hacerlo funcionar. Mabé no sabe leer pero su hijo adolescente sí. 

Esta escueta experiencia en teoría tan sencilla, como la de construir un pequeño horno de pan en una aldea del Congo, e intentar hacer funcionar un negocio simple, me dio la certeza de la enorme complejidad que se esconde detrás del gran retraso material de Africa. Es una dimensión que abarca, desde los aspectos más intrínsecos de muchos africanos, hasta cómo éstos intentan convivir y coexistir (con sus costumbres y tradiciones innatas), en un mundo donde se les ha impuesto por la fuerza los modelos existenciales de desarrollo occidental. No hay solución fácil para ello. 

Me fui de Ondingui con más preguntas que las respuestas que pude aportar en esos días. Hasta hoy no he logrado que mi contacto en la aldea se encuentre en el único punto donde llega la esquiva señal de red de teléfonos móviles en el momento que yo lo llamo. Por ende nunca pude saber si el horno ha sido construido o no. Una parte de mí quiere ser optimista y creer que sí. Pero mi parte más realista me dice que seguramente nada ha cambiado, que el dinero se ha desvanecido en las necesidades (y no tantas) del momento, que los ingredientes se echaron a perder, y que el constructor del horno nunca se preocupó por llegar hasta la panadería a hacer su trabajo.


Sea como sea, he aprendido mucho de esta experiencia, y si hay algo que no me ha faltado nunca, es haber sido tratado y recibido con el más profundo afecto de gente que no tiene nada pero que hace todo lo que puede dentro de sus limitaciones para vivir bien  la vida que les toca. Más importante aún es, que falte lo que les falte, nada les impide vivir con una sonrisa dibujada en el rostro. Eso me lleva a pensar que no sé si soy yo el que tiene más por aprender de ellos, que ellos de mí. Prefiero creer que la realidad es que ambos tenemos mucho que aprender los unos de los otros. 


Ahora sí, es momento de cruzar a Gabón y entrar en la selva.

Comentarios

  1. Apasionante historia, como nos cambia la perspectiva según nuestros condicionantes culturales. ¡Mucho ánimo!

    ResponderEliminar
  2. mpresionante tu viaje y tu hisoria, dale para adelante, te envidio sanamente.
    Salduos desde lanus
    Santiago!!!

    ResponderEliminar
  3. Hola Nico! Te encuentras en Australia??

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Soy Miguel, de Mexico, sigo con atencion tu blogg desde que vivias en Shanghai. De hecho te he escribido algunos comentarios. Me acabo de mudar hace una semana a Australia. Vivo a las afueras de Sidney en un poblado llamado Blue Mountains. Crees que pueda visitarte si te encuantras en Sidney. Aunque solo sea un ratito, yo estaria encantado.

      Eliminar
    2. qué bueno Miguel, pos claro wey! jeje te paso a visitar. Estoy en Perth ahora, me va a llevar un tiempo llegar a Sydney, creo que llegaría en Fin de octubre/Noviembre más o menos. ENvíame un mail así ya quedamos en contacto :)

      Eliminar
    3. Wooow, claro sera un super placer ... Nunca me paso por la cabeza que vendria desde Mexico a Australia a conocerte ... Por supuesto, te escribo a mediados de octubre para recordarte, no me se tu email, pero te tengo agregado en facebook ... Me lo podrias proporcionar para que no haya falla, o quizas si tienes algun numero aqui en Australia, estaria genial ... Te envio un afectuoso saludo Nico ^^

      Eliminar
  4. hola! haces algo tu para mejorar la vida de las tantas personas que te ayudan en tu camino? tienes alguna fundacion? pedaleas para alguna caridad? trabajas de voluntario en los paises que visitas?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, por favor, la próxima vez deja tu nombre cuando comentas. No me gusta responder a anónimos.

      No pedaleo para ninguna fundación ni caridad. Lo hago todo por mis propios medios. No creo en la caridad tampoco. Creo que la caridad, a menos que sean casos extremos donde es justificada, perpetúa los problemas en vez de sanarlos.
      Creo en otras formas de ayuda, principalmente en dar herramientas (conocimiento, educación, formación) a la gente para que pueda desenvolverse y salir adelante, y hacia ese lado apunto yo. Creo en enseñar a pescar y no regalar el pescado.
      Sobre la gente que me ayuda en el momento, sí, trato de retribuirlos con pequeñas, y a veces me gusta pensar que grandes, cosas que hago. En este mismo texto ya has visto una de ellas. También hago otras, pero no me gusta mucho escribir sobre ello, no quiero correr riesgo de tener una imagen que no quiero.
      Lo que sí te puedo decir es que siguiendo la misma línea de lo qeu dije arriba, no soy partidario de dar dinero porque sí, al menos no directamente, ese es uno de los grandes cánceres del tercer mundo y que no sólo no sana, enferma.

      Tengo muchos planes a futuro para tratar de llegar más significativamente a gente que lo necesita, pero aún es muy temprano para hablar de ellos. OJalá, algún día llegue el momento en que pueda escribir sobre ello. El tiempo dirá si funcion.

      Eliminar
  5. Me encanta Nico, surgen las historias sin buscarlas. Un saludo y mucho ánimo

    ResponderEliminar
  6. vaya ¡¡¡ y yo que te esperaba por aqui en España....

    un saludo Nico

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jejeje sí, una pena! pasé volando por España amigo, pedaleé por un mes de Tarifa a Madrid, con mucho desgano, muy dolido por una cosa en especial pero también extrañando Africa horriblemente. Ya escribiré sobre eso. Tuve muy poco tiempo también porque tenía que venir aquí para no perder mi residencia, sino hubiera pasado más tiempo en Europa. A Catalunya no quise ir, me trae recuerdos que aún lastiman también.! No faltará oportunidad!

      Eliminar
  7. Que Dios este a tu lado y brille siempre tu luz...luz salutifera.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

-Ça c'est la guerre! (eso es la guerra) Parte 2

Llegué a Olloba con la intención de descansar pero la bicicleta estaba hecha trizas, y yo también.  Luego de algunas horas de estar tirado boca arriba en un colchón sin ratones, apenaspodía sentir los músculos. A pesar de ello, no me quedó otra que levantarme para trabajar en ella el resto del día si es que esperaba lograr salir de allí algún día. Afortunadamente contaba con la compañía de los aldeanos quienes, curiosos por lo inusual de mi presencia, hacían lo que podían para ayudarme. Los bloques de barro se habían secado, las ruedas ya no giraban, los cambios no funcionaban y los frenos estaban totalmente atascados, debía poner a punto la bici para poder seguir. 

Mi tarea de mecánico se extiende hastaya entrada la noche, cuando ungenerador eléctrico rugía alimentando los parlantes y las lucecitas de colores del único bar de la aldea. Era martes, Jean había finalmente llegado con el nuevo cargamento de cervezas (aunque sospecho que se bebió la mitad de ellas en el camino) y la aldea …

Cuando no todo sale bien

Uno de los días más excepcionales de mi vida entera estaba llegando a su fin. Ese tipo de días que son magníficos porque ofrecen todo lo que uno se imagina pero, aún más importante,  todo lo que uno jamás hubiera podido imaginar. Cuando el mundo supera todas tus expectativas, lo que deviene es la plenitud, y en ese estado, con una sonrisa dibujada de oreja a oreja, llego al único y último pueblo selva adentro, antes de la base de WCS  hacia donde me dirijo. Tengo entendido que es aquí donde debo sellar mi pasaporte para dejar el país al día siguiente. 

Todo parece tranquilo en este pequeño y remoto pueblo de pigmeos y bantúes a orillas del Sangha, donde es imposible distinguir una choza de un posible puesto de migraciones. Hasta allí, llegaré empujando la bicicleta por senderos de barro descendiendo al río, guiado por un pigmeo simpático que entendió hacia dónde tenía que ir. Una vez allí, lo que usualmente debería ser una sencilla formalidad, se transformó en algo también inesperado,…

Antes de la guerra

No importa cuánto uno intente prepararse para afrontar imprevistos, nunca es posible prevenirlo todo. Ya habían pasado casi 10.000 km desde que había salido de Ciudad del Cabo y cargaba desde allí con 10 kg extra en repuestos. Por mucho que me pesara, era inevitable porque sabía que hasta Europa no podría encontrar nada de calidad en caso de roturas, por lo que cualquier problema podría fácilmente devenir en pesadilla.  De todos modos, como es habitual, la Ley de Murphy prueba ser infalible y siempre se rompe algo al margen de todo lo que uno puede reemplazar. En este caso, luego de días pedaleando a puro golpes antes de Makokou, noté que mitad del porta-alforjas delantero quedó suelto en el aire. Me había pasado muchas veces que por esfuerzo de corte, debido a impacto y peso, los tornillos se cortaran, pero esta vez lo que se había cortado no era el tornillo sino la pieza de sujeción unida a la horquilla.