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En los pulmones del infierno


Los recolectores de azufre del volcán Ijen, en el extremo este de la isla Java, realizan hasta hoy en día, en pleno siglo XXI uno de los trabajos más insalubres e inhumanos del mundo. El trabajo consiste en descender al cráter activo del volcán, donde la tierra expulsa una constante e inconmensurable cantidad de sulfuro, a recoger las rocas de azufre que se forman en la superficie producto de las reacciones químicas del sulfuro con el oxígeno y cargarlas en sus hombros para llevarlas hasta el punto de acopio donde posteriormente las venderán a quienes las pondrán eventualmente en manos de las grandes empresas.

Desde el punto de arranque, en las cabinas de acopio de azufre, los mineros, con sus canastas de bambú vacías al hombro, comienzan un ascenso empinado de 3km hacia el filo del cráter. Allí comienza un peligrosísimo y aún más empinado descenso de casi 1km por senderos resbaladizos de rocas volcánicas sueltas y barro por las laderas internas del cráter. Durante la noche, la única luz se encuentra abajo a lo lejos, en el fondo del mismo, es la del fuego azul que se desprende de la tierra, en el mismo lugar donde se forman las rocas de azufre. Hacia allí se dirigen en plena oscuridad y en un profundo silencio que solamente es interrumpido por el crujir de las varas de bambú que cargan las canastas, flexionándose sobre los hombros de los mineros. Algunos visten botas de goma, otros tan sólo chancletas de goma.



 Al pie del lago de ácido turquesa que inunda el fondo del cráter, el volcán desprende incesantemente nubes espesas de sulfuro. Una vez allí, es hora de ponerse a trabajar. Sin máscaras ni ropas especiales, usarán no más que una simple prenda mojada que les servirá de máscara para filtrar el sulfuro altamente tóxico.


Provistos de tan sólo una barra de hierro forjado, de esas que se usan de armadura en las estructuras de hormigón armado, se lanzan rápidamente hacia las chimeneas de sulfuro cuando el viento es favorable y comienzan a picar las formaciones de azufre. 


 Se debe actuar rápido, lo más rápido posible ,en la medida que el viento sea favorable y aleje al vaho tóxico del sulfuro, el trabajo se hace más llevadero, pero ellos saben que no durará mucho. 




Tarde o temprano el viento cambiará traicioneramente y los mineros quedarán sumergidos en estas nubes venenosas. En ese momento, la asfixia los hace alejarse a ciegas lo más rápido posible, la tos comienza a escucharse por doquier sin ver a absolutamente nadie alrededor. El sulfuro hacer arder los pulmones y desgarra a los ojos en lágrimas.  


Una vez picadas, las rocas extraídas se disponen en el piso listas para ser cargadas en las canastas. 


Cuidadosamente se van eligiendo las rocas y acomodándolas en las canastas de bambú. Es importante lograr el balance perfecto para poder cargar lo máximo posible sin que las rocas se caigan a lo largo del largo camino que les queda por delante. 



En la plataforma de salida, cada minero prueba el peso de sus canastas y evalúa si podrá cargar con ellas. Desde el menos hasta el más fuerte, dependiendo de edad, experiencia, salud, cada minero carga entre 70 y 100 kg de azufre en sus hombros por viaje. 


Finalmente es hora de iniciar el largo regreso a la cabaña de acopio. Los mineros empiezan de a poco a reaparecer como fantasmas entre las nubes de sulfuro para comenzar con el largo ascenso de vuelta. 


Uno a uno irán saliendo lentamente con las canastas al hombro crujiendo y la varilla de bambú arqueándose hacia arriba y hacia abajo producto del movimiento. 



De a poco, la garganta del infierno comienza a quedar atrás, se inicia el largo y durísimo recorrido, pero esta vez cuesta arriba.


 Se asciende lenta y pacientemente, no hay otra opción. Un paso en falso, con 90kg de azufre colgados de los hombros através de una mera varilla de bambú, puede ser catastrófico.


Se sube en hilera, el compañerismo aquí lo es todo. Cuando unos descansan, se abren del paso para dejar pasar a los que vienen detrás sin que tengan que detenerse. Se respetan, se esperan. Los que descienden con las canastas vacías, ceden el paso. Son una fraternidad, entienden la crudeza de su trabajo.


La subida se vuelve más y más empinada a medida que se acercan al filo del cráter. Las chimeneas de sulfuro finalmente comienzan a quedar lejos allí abajo.


Los descansos resultan imperiosos. La edad, la experiencia y el estado físico comienzan a marcar la diferencia. Algunos necesitan descansar más que otros. 




Finalmente comienzan el trayecto final, ya casi están fuera y sólo queda un largo descenso de 3km hacia la cabina de acopio.


El azufre es un mineral muy preciado por la industria química. Se lo utiliza con fines tan distintos como fertilizantes, pesticidas, cosméticos y medicinas.Cada minero es capaz de realizar unos dos o tres viajes al día. Al final de cada viaje, se pesan los kilos de sus canastas. Al día de hoy, se paga 790 rupiahs el kilo, unos 0.078 centavos de dólar. Es decir que por cada par de canastas cargada desde el fondo del cráter, previa extracción a mano, de 100 kg, cada minero se lleva unos 7,80 dólares. Son muy pocos los que pueden cargar 100 kg, e incluso los que pueden, no lo hacen todos los días en todos los viajes. Un número más realista es 5 dólares por cada viaje. Al final de un mes productivo, trabajando 7 días a la semana, un minero puede sacar aproximadamente unos 250 dólares, un salario que es más del doble de lo que se gana en las plantaciones de arroz de los alrededores. Es por eso, que estos valientes hombres con pulmones de acero y espíritu de guerreros, ponen el cuerpo y el alma en este trabajo. Con lo que ganan, tienen mayores posibilidades de brindarle educación y comida a sus hijos y quizás, algún día, a través de ellos lograr un mejor futuro. Las marcas en sus cuerpos son irreversibles, casi todos tienen una zanja morada en los hombros y unos trapecios sobredimensionados. A pesar de respirar veneno puro cada día de sus vidas y encima, como buenos indonesios, darse el lujo de fumar como chimeneas, no hay reportes fuera de lo común con respecto a su salud ni su tasa de mortalidad, dónde está el truco? no hay explicación. Son hombres virtualmente de hierro pero de gran corazón. En los descansos, no escatiman en sonreír a los turistas bobos que pasan por allí y les obstruyen el paso como adoquines, mientras los observan como a burros de carga en un zoológico. Es lamentable incluso, ver mineros teniendo que pedir el paso cuando algún turista europeo está bloqueándolo para sacarse una foto junto al cráter. En vez de reaccionar pegándoles una patada bien merecida para que se caigan rodando al lago de ácido 1km más abajo, los mineros con paciencia piden permiso y pasan sin quejarse, o al menos no lo hacen abiertamente. Su sonrisa, y su buen humor son una lección de vida para todos los que nos quejamos por tan poco.


 Un par de semanas antes, viendo televisión en una de las casas donde nos quedamos, di con un documental de National Geographic que se llamaba Mega Factories (mega fábricas), en el mismo mostraban el proceso de diseño y construcción del Mercedes Benz de más alta tecnología hasta el momento, con un costo final de 183.000 euros y unos datos tecnológicos que resultan tan avanzados y futurísticos como incomprensibles. En el mismo mundo, donde se fábrica semejante pieza del más inimaginable desarrollo tecnológico, donde el avance ha llegado a niveles impensables, logrando hechos que hubieran sido sólo concebidos por la ciencia, la de ficción, tan sólo unas décadas atrás, los mineros de Kawah Ijen no tienen ni una maldita polea para no tener que destrozar sus hombros cargando el azufre, para que alguna figura del Jetset en occidente se pueda poner en la cara una crema anti-arrugas de 400 euros, no tienen ni un taladro automático para no tener que picar el azufre con barras de hierro y sin guantes, no tienen ni una maldita máscara con filtro que les proteja los pulmones ni los ojos y los ayude a no desvanecerse e intoxicarse por respirar sulfuro, no tienen más que chancletas de un dólar o botas de goma de dos, para sortear las rocas y las laderas empinadas donde ponen su vida en juego con cada pisada. 

Somos la civilización más evolucionada tecnológicamente, pero la más involucionada en términos de humanidad. En la escuela, nos pasamos años estudiando el feudalismo en la Edad Media y todas las formas de atrocidades del pasado como si fueran algo aberrante, pero es un pasado que se sigue repitiendo, sólo ha cambiado la forma y las cosas cambiaron de nombre. Hoy usamos teléfonos ultra-inteligentes para comunicarnos, pero nuestra inteligencia afectiva se ha empobrecido tanto que no podemos lograr que todos los humanos por igual tengamos una vida digna. Somos aún, una especie cavernaria y en términos de humanidad, paupérrima, y lo más triste de todo, es que nos creemos increíblemente evolucionados, es como tener los ojos abiertos pero vivir completamente ciegos. En la larga cadena de la evolución, estoy seguro que varios milenios adelante, si es que aún estamos acá, mirarán hacia el siglo XXI y nos encontrarán más cerca de los monos que de los humanos de aquel futuro, eso sí, en vez de llevar un palo, llevaremos un iPhone de 700 dólares, pero al fin y al cabo, no seremos más que primates.

Comentarios

  1. excelente reportaje y totalmente de acuerdo con la conclusión final!
    un abrazo makinas!!!

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  2. Gran post y muy buena reflexión!! gracias

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