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El cálido espíritu congoleño


Han pasado nuevamente 3 semanas de estar detenido, pero finalmente la espera ha acabado y la burocracia también (al menos por el momento). Estos últimos dos meses de paradas largas pasaron lento pero lo cierto es que han sido necesarias. En la primera, en Luanda, me he ganado un hermoso puñado de grandes amigos; en la segunda, en Cabinda, me he rencontrado felizmente con la magia, si bien temporal, de una pasión ardiente; y en esta última parada en Brazzaville, aunque ya muy cerca del aburrimiento, he descansado y engordado. Lo importante es que he podido recuperar mis fuerzas, porque de ahora en adelante no habrá más descansos y necesitaré hacer uso de cada partícula de energía para enfrentar la aventura que planeo para los próximos meses.

Espíritu congoleño

 Son días largos y aburridos los que me conducen hacia la frontera con Gabón, pero es la emoción de ir rumbo a la selva de Africa central, la que me motiva a avanzar con todas mis fuerzas a lo largo de este paisaje llano de pocos atractivos. Saliendo de sus dos grandes ciudades, Point Noire y Brazzaville, el sur del Congo no es más que una simple colección de pequeñas aldeas rudimentarias esparcidas por la sabana ecuatorial. Es el trópico pero sin árboles, donde el calor húmedo aprieta y el sol castiga sin tener lugar a donde acudir para resguardarse.

 
Sin embargo, no me lleva mucho tiempo descubrir, aunque sin sorpresa, que es en el encuentro con la gente donde está el refugio de estos calientes días de tedio. Luego de largas jornadas de marcha, donde las distancias entre pueblitos se vuelven cada vez más grandes, llegar a una aldea es la gran recompensa al final de cada día. En ellas, a través de su gente vuelvo a deleitarme saboreando la belleza de una vida en cámara lenta, donde la ausencia de alta tecnología la devuelve a las cosas más esenciales. La clara evidencia de una vida rural muy dura y rudimentaria, parece disolverse en tardes frescas donde predomina la vida en comunidad.  

En un campo abierto de tierra rodeado de grandes mangos, un niño de 8 años con una sonrisa radiante capaz de conquistar a un mundo de tristezas, bate los tambores haciendo bailar y cantar a un pueblo entero. El ritmo del canto y el baile es contagioso, se mete en mi cuerpo y me hace vibrar de alegría con ellos.


 En otra esquina, veo a un grupo de adolescentes de todas las edades, dejando la vida corriendo detrás de una pelota de trapo. Mi habitual rechazo por el fútbol se ve milagrosamente transformado en goce. El goce que surge de ver genuina pasión brotando detrás de la agilidad orgullosa que exhiben unos, como de la torpeza sin vergüenzas con la juegan otros. Pasión africana, muy similar a la que crecí viendo en mi propio continente. Están todos juntos en un mismo juego, se divierten bañados en sudor y llenos de tierra. Ellos intentan encarnar a aquellos ídolos que ven ocasionalmente en la TV jugando en las ligas europeas, ignorando quizás que a aquellos héroes de pies de barro ya no los mueve el mismo amor por el deporte con el que ellos juegan, sino la adicción por la fama y los billetes.


Los más pequeños por su parte, se rehúsan a dejar de jugar en un mundo donde la enorme variedad de juguetes de plástico con los que nosotros crecimos, no existen. La extensa colección de vehículos devenidos en esqueletos oxidados que decoran las aldeas a un lado de las rutas del Congo, son el parque de diversiones perfecto para los niños congoleños. En ellos se columpian, se esconden, fingen ser pilotos, corredores, gladiadores. Un simple objeto incendiado, tragado por las raíces de la tierra, que alcanza para dar rienda suelta a la imaginación de niños que se obstinan en divertirse.

 
Cuando la noche cae en el Congo, el fuego y algunos frágiles bulbos alimentados por pequeños paneles solares, delinean las siluetas de grupos de gente andando por la aldea y charlando en las puertas de las casas. El calor amaina, la quietud se cierne. Yo no tengo preocupaciones, mi carpa no es siquiera necesaria. El chef du village (jefe de la aldea) siempre se ocupa de organizar un lugar en ella para que yo pueda pasar la noche seguro. Puede ser en una pequeña casilla de madera con una cama hecha de cañas de bamboo, puede ser en la parroquia, en la casa de algún voluntario, o hasta incluso en la farmacia de una aldea, donde su dueño decide volver a dormir a la casa de su hermano para dejarme la cama de su negocio.


 En las oscuras y tranquilas noches de las aldeas del Congo también me rencuentro con la naturaleza, en una madrugada en la que un suave cosquilleo me despierta. En el primer contacto imagino entre dormido, dominado aún por el sueño, que son las hermosas caricias de una mujer durmiendo a mi lado. El cosquilleo insiste, y si bien abro mis ojos sin ver nada, es suficiente para saber que no es una mujer quien está a mi lado. Mi cerebro finalmente se despierta cuando me doy cuenta que algo camina sobre mi cuello; son patas y son muchas. Mi corazón se agita y salto bruscamente de la cama sacudiéndome todo. No veo absolutamente nada a mi alrededor, dando manotazos al azar para encontrar mi linterna. Alumbro hacia todos lados y finalmente descubro a mi compañera de habitación. Allí la veo, rozagante en el piso, a la araña que se estaba dando un paseo por mi cuerpo. 
Sin dudas ni resentimientos, comprendo allí mismo que de ahora en adelante, no sólo cuando hay mosquitos es que tengo que montar mi mosquitera. 

No tardé en volver a dormirme, la felicidad me invadía, ya estaba en el Congo.


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