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Reconfigurando el plan


Los períodos de descanso en un viaje de muchos años son necesarios, pero más descanso del necesario puede también resultar contra productivo. Comenzar a rodar de vuelta luego de vivir 3 semanas en Luanda, entre amigos, eventos y salidas, requirió de un gran esfuerzo. Por un lado, el aspecto físico es incómodo, volver a usar los músculos después de tanto tiempo de inactividad es como intentar hacer andar a un engranaje oxidado. Por el otro, incluso para quienes tenemos naturaleza de nómadas, se nos hace difícil volver al ejercicio de soltar, soltar a todas aquellas nuevas amistades y personas especiales que hemos sumado a nuestra vida y con quienes hemos sembrado un nuevo vínculo. 

 En Luanda también he perdido mi primera batalla con la burocracia, luego de 2 semanas de visitar hasta ocho veces la embajada de la R.D. Congo hasta la humillación, tratando de obtener el visado, moviendo cielo y tierra para cumplir con los más arbitrarios requerimientos imaginables. Muchos de ellos, no más que meros caprichos que no parecen tener otro fin, más que el de simplemente exaltar la mala voluntad y la negación de las personas para hacer algo por el otro. La diplomacia de la R.D Congo trata a las personas con el mismo asco que si fuéramos perros con sarna (casi como la diplomacia de Estados Unidos cuando se trata de gente del tercer mundo) y como tal, no me han concedido la visa. 

Muy frustrado y forzado a reconfigurar mis planes, me tocó seguir el camino por la costa hasta Soyo, en la desembocadura del río Congo en el océano atlántico y de allí cruzar en patera hasta Cabinda, desde donde podría llegar a la República del Congo donde sí somos bien recibidos. La nueva ruta fue difícil, no tanto por lo aburrida sino porque aún me resistía con bronca a haber perdido ante el absurdo de la burocracia y la necedad de un país que realmente quería visitar. Aún así, seguía en Angola, y ese era motivo suficiente para estar feliz, porque los angoleños sean del sur, de Luanda, o aquí en el norte siguen siendo gente extraordinaria y llena de energía que me alegra los días. 


Hasta la mismísima policía, que al igual que en toda Africa, emana la más desvergonzada corrupción, aquí tuvo la gentileza de contribuir a mi viaje donándome dinero en vez de la habitual demanda del mismo. Claro está que dicho dinero provenía indirectamente de los bolsillos de los pobres conductores de vehículos, o mejor dicho de las víctimas indefensas, que en esa barrera donde almorcé, pasaban por el implacable control del cual nadie se salvaba de pasar, sin pagar por cualquier excusa que los oficiales inventaran. Sin embargo, la simpatía y la preocupación de los polis hacia mí, era demasiado genuina como para rechazar su generosidad, tanto del dinero como del agua fría y el almuerzo suculento que me compraron. Pero no me gusta el dinero sucio, y así como lo acepté, lo gasté más tarde en comprar víveres que posteriormente doné en unas aldeas muy pobres. Fue una forma de devolver al pueblo lo que otros le roban.


Más adelante, al final del día, los policías de otro puesto de control me invitaron a quedarme a dormir y prepararon una cena especial para mí: paka, que es lo más parecido a una rata gigante del monte, fresca, recién cazada y lista para guisar. Debo decir que para ser rata sabía muy bien en el guiso en el que la habían preparado, mucho mejor que el pollo de los policías del campamento de la noche que le seguiría, de donde me fui intoxicado. 


El camino por la costa, a pesar de no tener mucho para ver, tiene el beneficio de estar mayormente libre de tráfico por ser una ruta que al llegar a Soyo no tiene continuación alguna. Los pequeños poblados de pescadores a lo largo del mar reflejan una vez más la naturaleza rural y precaria de Angola fuera de la burbuja de Luanda y el contraste vuelve a resultarme abrumador.  De padres desesperados por enviar a sus niños a una escuela que cuesta 50.000 usd, a niños que no van a ninguna y pasan el día en el agua aprendiendo a pescar como sus padres. 



 A medida que continúo hacia el norte, se pasan los días sin pena ni gloria. El camino se vuelve un infierno de polvo y arena que no hace más que empeorar cada vez que pasa un camión chino desde, o hacia las obras en construcción de una represa hidroeléctica ubicada más al norte. Los chinos, quienes ya me han acompañado en toda Africa, siguen siendo mi compañía aquí. Como de costumbre, a estos obreros bien pobres de mi país adoptivo, les da vueltas la cabeza de la incompresión, al encontrar a un blanco, en un lugar tan remoto para ellos, que venga de China en bicicleta y que hable chino. Gracias a ello, disfruto de la hospitalidad que tanto amo de China y me llenan de comida y agua en un punto en el que es muy difícil conseguirlas. 


El paisaje se va volviendo progresivamente más verde a medida que avanzo hacia el trópico, y las vistas de los ríos del mato desembocando en el océano atlántico, a lo largo de decenas de kilómetros de playas vírgenes, son la mejor recompensa de días en los que, sacando esto, no pasa nada. 


No es una transición tan sólo climática la que ocurre camino al Congo. La gente del norte de Angola también es notablemente diferente a la del sur y a la de Luanda, pero igual de buena. Sus vestidos son más coloridos, su piel más negra, ya no hay casi mestizos, y cada vez se vuelve más común ver a la gente bailar en las aldeas.  Lo único que no varía es que las mujeres siguen siendo excepcionalmente hermosas y sensuales...que mulheres! Al detenerme en una aldea me invitan a formar parte del baile de un bautismo que se llevaba a cabo. Muchas mujeres jóvenes y muy sexys,  junto a mujeres mayores y niños bailaban alrededor de un tambor. Mientras disfruto ver la ceremonia, Anika, una aldeana de mediana edad envuelta en un vestido blanco inmaculado que me encandila los ojos, se acerca a mí y seriamente me susurra al oído: 

 - Nico, ¿quieres una mujer?  

Me distancio un poco de ella para hacer contacto visual, y muy serio, fijando la mirada le respondo:

- Quiero 5! 

Anika estupefacta, abre los ojos grandes, y antes de que me diga algo, lanzo una carcajada para que no se asuste y se mata de risa. Sin embargo, no fue por alivio, ciertamente no se asustó porque me dijo que si quería cinco que las podía tener, pero creo que con tan sólo tener una no me hubiera ido aún de allí. Por eso puse mi cabeza en un balde de hielo y seguí concentrado en la danza del bautismo. 

 
 Luego de 5 días finalmente llegué a Soyo, un pueblo polvoriento de frontera a orillas de la desembocadura del legendario río Congo y el oceáno Atlántico. Allí me recibió João, un médico angoleño de origen portugués, ex funcionario del Banco Mundial, en la clínica local. Su equipo de gente se encargó de ayudarme a conseguir una patera para poder cruzar la R.D.Congo y llegar a la aislada provincia de Cabinda.

 El viaje es oficialmente ilegal pero todo es posible, sobre todo en esta parte de Africa donde la línea que separa la legalidad de la ilegalidad es tan gruesa como la de un hilo de telaraña. A las 5 am partí rumbo a Cabinda en una patera cargada de mercaderías y varios cabinderos y congoleños. De no haber tenido la bicicleta, creo que hubiera optado por nadar porque así hubiera llegado más rápido. Si bien nado desde pequeño, no soy una persona de agua y no me place estar flotando 12 horas, primero por el río Congo y luego por el Atlántico. Deshecho del cansancio y el aburrimiento, desembarqué finalmente en Cabinda para reconectar con la tierra

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