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YOU!


ADVERTENCIA: muchos de los comentarios y opiniones que leerán a continuación podrán resultar muy ásperos, pero prometo que son el más fidedigno reflejo de la experiencia frecuentemente miserable de cruzar Etiopía en bicicleta. Dada la radical diferencia que existe entre quienes viajamos en bicicleta por este país (y la de aquellos que andan por el mundo a pie),con los que viajan por medios motorizados, no me siento particularmente predispuesto a aceptar objeciones ni cuestionamientos de quienes no lo hayan atravesado de la misma manera.

La tarea de leer, investigar y preguntar sobre un país que planeamos visitar casi siempre precede a la llegada y es una tarea que lleva un tiempo indeterminado. Soñamos, nos informamos, aprendemos y procuramos saber lo más posible con el fin de que las cosas salgan bien. En el caso de Etiopía, a diferencia de la mayoría de los países, la información que obtenemos através de otros ciclistas y caminantes, nos pinta un panorama nefasto con historias que abundan en penurias, frustraciones y relatos salvajes. Luego de leer mucho de lo que hay escrito, es difícil pensar en los motivos que pueden llevar a alguien a querer cruzar este país en bicicleta. Peor aún, es imposible imaginar quién en su sano juicio estaría dispuesto a duplicar la cantidad de kilómetros que se necesitan para cruzarlo por la vía más rápida y elegir senderos remotos e inhóspitos que harán la travesía notablemente más lenta y trabajosa. En este punto, el aventurero, el optimista, el idealista y también el ingenuo, se unen para creer que todo es posible si nos aproximamos a una situación con la actitud correcta acompañada de una buena cuota de paciencia y tolerancia. Fue con este espíritu, sumado a la energía positiva con la que nos nutrieron los sudaneses, con el que cruzamos a Metema, el lado Etíope de la frontera con Sudán.

El cambio al rodar los primeros metros en Etiopía es radical y se siente de inmediato. De la ausencia completa de alcohol, a las hileras de barcitos pegados unos a otros donde se bebe desde las primeras horas de la mañana. Del vestir conservador islámico, hombres en galabiyas y mujeres en tobs, a hombres en camisetas sin mangas y pantalones cortos y mujeres con los pechos bailando libremente sin sujetador, dentro y fuera de las camisetas. De las mezquitas, a las iglesias ortodoxas etíopes. De las miradas sonrientes y los saludos alegres de los sudaneses, a las sospechosas risas burlonas y miradas de aire desafiante. Del té al café. De la monotonía del fuul a la intensidad del shiro. Pero sobre todas las cosas, una abrumadora diferencia en la cantidad de gente, lo que se refleja en el ruido, el tráfico y el caos circundante.

A medida que avanzamos lentamente absorbiendo este nuevo universo que nos rodea, no han de pasar muchos metros hasta escuchar a alguien gritarnos: YOU! (TU!). You, es el modo local de reclamar la atención de un faranji (hombre blanco), lo que aparentemente sería equivalente a cómo ellos también acostumbran llamarse entre sí en amárico. Sea verdad o no, lo cierto es que luego de que uno te lanza un you, el efecto en cadena lo transforma en una epidemia irreversible, llegando al punto en que todos a nuestro alrededor parecen etiquetar nuestra presencia con un “YOU!” al pasar. Si es un llamado amigable como intentan justificar algunos locales y extranjeros, definitivamente es algo que hasta hoy no me queda claro. Los “YOU!” suenan a todo, menos amigables, más que a un saludo suenan a una orden, una demanda intimidante, un: “Miráme! Te estoy hablando a ti!” y más a menudo que no, te lo gritan echando la cabeza hacia atrás y frunciendo el ceño como para enfatizarlo aún más. De todos modos, decido tomarlo como una mera costumbre local, un poco brusca para mi gusto, pero que si la acepto como es, hasta me puede terminar resultando original, por no decir simpática.
Acompañados de los “YOU!” a cada pisada en el pedal salimos de Metema para afrontar el otro cambio radical, el geográfico. Hacía tan sólo un puñado de kilómetros, todo lo que nos rodeaba era desierto chato, seco e inabarcable y con tan sólo cruzar la frontera, tal como si la líñea limítrofe punteada de los mapas separara el blanco del negro, todo se vuelve verde y exhuberante. Allí mismo, tan pronto como se cruza la barrera del poste fronterizo, comenzamos a pedalear cuesta arriba la muralla de montañas tras la cual se encuentra Gondar. Con el ascenso, el asfixiante calor saheliano desaparece casi como por obra de un milagro, el aire se vuelve fresco, el sol deja la violencia atrás e inmensos nubarrones se abultan para devolverle el drama a los anteriormente estériles cielos del Sahara. Los chaparrones que alimentan este intenso verde nos caerán durante el día y sus gotas serán un elixir luego de tantas semanas que hemos pasado en la aridez del desierto añorando la lluvia. Y es que viniendo del Sahara, la subida a las altas tierras etíopes se vive como una gloriosa experiencia de renacimiento. 
 

El notable volumen de gente no se limita a los pueblos, sino que se extiende a lo largo de todo el camino por las tierras rurales. Parecido a lo que ocurría en Filipinas, aquí tampoco llega a pasar más de 1 km sin ver gente. A cada lado de la ruta, precarias construcciones forman un continuo casi ininterrumpido de viviendas, establos, tienditas. La pobreza se hace muy evidente; el camino podrá estar asfaltado, pero no hay electricidad, no hay agua corriente y la vivienda promedio en el mejor de los casos, consta de un esqueleto de palos de madera con sus intersticios rellenados con una argamasa de barro con paja, techo de chapa y suelo de tierra. En otros casos son simplemente chozas de paja de forma circular sin ninguna abertura más que la puerta de entrada.



De las viviendas brotan los niños como si fueran conejos saliendo de la galera de un mago que perdió el control de su truco. Muy lejos de la blancura de un conejo, estos niños están mugrientos de pies a cabeza y con unos pocos trapos rotos cubren su desnudez en mayor o menor grado. Son diferentes a todos los demás niños que he conocido antes, hay algo distinto en ellos, más impredecible, percibo como cierta maldad escondida detrás de sus risas y miradas. Salen corriendo a nuestro encuentro cuando nos ven pasar, nos rodean, y nos gritan histéricamente al unísono en un tono tan agudo que destrozaría la cristalería de una ciudad entera: 

You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!..........” 

El efecto se va contagiando de casa en casa, de las cuales no cesan de brotar más y más niños para unirse a esta sinfonía disonante que le rompería el tímpano hasta a los niños cantores de Viena. Al poco tiempo, nos encontramos arrastrando una estela de docenas de pequeños etíopes persiguiéndonos indefinidamente gritando:  

You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!
You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!
You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You!You! 


Pero son los primeros días y el efecto de renacer que experimentamos gracias a este clima más ameno y la inmensa belleza natural que nos rodea, nos llevan a tomarnos esta abrumadora recepción con mucha paciencia y hasta incluso con buen humor, porque al fin y al cabo esto es único. Por otra parte, la gente adulta, especialmente las mujeres, son extremadamente simpáticas, salen de sus chozas y nos miran con mucha curiosidad. En mi primer acercamiento a una casa, una mujer de mediana edad me espera en la puerta. Selam nooo! - exclamo con una sonrisa, saludándola en amárico. Ella estalla de risa y me extiende la mano. Le extiendo la mía y al tomármela, un brusco tirón me sacude por sorpresa hasta chocar mi hombro derecho con el suyo, las caras cerca pero sin tocarse. Chocan una vez, reboto contra su hombro, y cuando creo que me voy a soltar otro brusco tirón me arrastra de vuelta hasta chocar hombros una vez más. Luego de los dos choques, un apretón de mano final y así aprendo el típico saludo etíope, que no sólo me resulta increíblemente divertido y original pero también afectuoso.Empiezo a creer que al fin y al cabo este país y su gente no deben ser tan malos!


Por tres días pedaleamos mayormente cuesta arriba hasta pasar finalmente el umbral de los 2000 m de altura. Las simples pendientes de las colinas del comienzo devinieron rápidamente en largas y empinadas subidas que nos llevarían horas sortear. El clima podrá haberse vuelto más afable pero luego de 3000 km de desierto llano, las piernas se habían olvidado lo que era trepar una montaña a 4km/h con una bicicleta de más de 60 kg. Sin embargo, con las subidas duras vienen las mejores recompensas y a pesar de la sobrepoblación y el acoso de los niños, los primeros días nos las rebuscamos para encontrar lugares donde acampar, y en las altas tierras etíopes, la recompensa es grande. En esta geografía única de cañones verdes que calan a las montañas formando zanjas inmensas de formas intrincadas pasamos las primeras noches, noches de luna llena y pocas estrellas en remansos de paz y tranquilidad en la creciente histeria de esta cultura.


Llegamos a Gondar cansados físicamente pero manteniendo el optimismo. El acoso de los niños, con sus “you!” histéricos, ciertamente es un hecho como se puede leer en todos lados, pero hasta el momento nada que realmente no pudiera tolerarse con un tanto de paciencia. En los dos primeros días de descanso en la bonita Gondar, esto me motiva a creer que si el resto de Etiopía se mantiene así, entonces mucha de la gente que viajó en bicicleta (o caminó) por aquí es excesivamente intolerante o lo que escribieron es ahora un problema del pasado. Para nuestra desgracia, no sólo no será ni lo primero ni lo segundo sino una experiencia muchas veces bastante peor que todo lo que hay ya escrito.

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