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Vida arriba de 4000 metros

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Ascenso a un nuevo mundo



  En abril de 2010, Jyekundo fue arrasada por un terremoto de 7.1 grados de magnitud, el cual dejó un saldo de unos 3000 muertos y más de 12000 desplazados. La ciudad entera encerrada entre gigantes montañas, quedó hecha trizas y hasta esta pasada en octubre de 2011 aún se encuentra en constante reconstrucción, con la mayor cantidad de gente viviendo en tiendas de emergencia . La infraestructura es ínfima, la ciudad es un absoluto caos. Por las calles fluye el lodo sin cesar y rugen los camiones y grúas que van y vienen de las construcciones salpicando barro en todas las direcciones, no hay orden de ningún tipo y todo, desde la vivienda hasta los locales comerciales se monta en tiendas de nylon, que el viento helado y la nieve de esta pequeña ciudad a 3600mts de altura no dudan en sacudir sin clemencia. La mañana fría, gris y sórdida, trajo imágenes de tristeza no reveladas durante la noche anterior, un paisaje que puede ser tan bello como violento, golpeando a su gente con saña y dejándola sin nada, seguramente otro recordatorio más de lo insignificantes que somos ante el poder de la naturaleza, que nos impide olvidar la naturaleza impermanente de la realidad.


 Luego de mi intento frustrado (y hasta utópico) de buscar entre decenas de tiendas sin nombre algún lugar donde pudieran haber quedado pastillas de freno de bicicleta, partimos en camino a Zhidoi. Hacía mucho frío, no habíamos descansado bien y el cansancio seguía acumulándose. El camino a pesar de su buen estado, comenzó a subir inmediatamente al salir de Jyekundo, y no habría de pasar mucho tiempo hasta que comenzara a nevar ligeramente. Cada pisada en el pedal costaba mucho y ambos estábamos con frío y con poco ánimo, o mejor dicho, con ánimos (y necesidad) de descansar más, a eso, se le sumaba mi estrés de seguir casi sin frenos (ni esperanza de encontrarlos), el cual no afectaba al ir en subida pero angustiaba al pensar en las bajadas. Avanzamos unos 40km en subida y resultaban agotadores. Pasados una vez más los 4000 metros de altura entramos en la etapa más alta de la travesía, de la cual sabía que no bajaríamos por muchos días por delante. Por el contrario, seguiríamos hacia arriba y los caminos se volverían aún más remotos y más duros. Allí, con todo esto en la cabeza, se detiene una camioneta conducida por el jefe de la policía de Zhidoi que venía junto a su nuera y dos pasajeros. De origen tibetano, este hombre se ofreció simpáticamente a llevarnos y a darnos lugar en su casa. Lo ponderamos un rato y creímos que sería lo mejor.
El camino hasta allí estaba asfaltado, es decir no muy emocionante, estábamos muy cansados y con frío y necesitaríamos recuperar energías para lo que seguiría, que sería exponencialmente más duro y yo seguía sin frenos, pero este hombre me decía que en su pueblo los conseguiría. No había dudas ya, nos subimos. Las dudas comenzaron en breve, cuando nos dimos cuenta que nuestro conductor, a quién apodamos "el Tío" por su simpatía, estaba completamente ebrio e iba conduciendo en la ruta haciendo "eses" de lado a lado del camino, a mano y a contramano. A pesar de que el camino que quedaba no era tanto y el tráfico poco, creíamos que no llegábamos. Allí, en un gesto de gran audacia, durante una de las paradas para hacer pis del Tío, David le dice: "de ahora en adelante conduzco yo". El Tío se río un poco, se subió a la camioneta y a los pocos kilómetros se detuvo una vez más para cederle el mando a David, quien condujo los siguientes kilómetros para luego gentilmente cederme el mando a mí y tener el inconmensurable placer de conducir por el altiplano tibetano. La llegada a Zhiduo conduciendo en este escenario vasto, fue de una belleza inexplicable, con los picos nevados, las pasturas amarillas y con un sol que al final del día se asomaba con sus destellos para bañar de dorado el paisaje.


 Zhidoi es un pueblo de casas bajas, expandido a lo ancho sobre una inmensa meseta a 4200mts de altura rodeada de picos; es polvoriento y helado, y los yaks circulan por las calles junto a las camionetas y las motos. Allí pasamos la noche en casa del Tío y su familia, quienes nos estaban esperando y nos atendieron y malcriaron con el afecto de nuestras propias familias, comiendo mucho junto al calor de la estufa y conversando con ellos ya que todos hablaban chino muy bien. Allí finalmente recobré mi paz mental, el hijo del Tío tenía una bicicleta nueva y se ofreció a que le sacara sus frenos para ponérselos a la mía. Eran frenos malos y no sabía cuánto me durarían, pero frenos malos es mejor que ir sin frenos y no dudé un segundo en trasplantarlos a la mía.


 Durante la noche helada que pasamos junto a la estufa en Zhidoi, el Tío y su familia nos advirtieron que hacia donde íbamos estaría más frío aún pero al encontrar las bicicletas cubiertas de un manto de hielo a la mañana siguiente nos costaba imaginar cuánto más frío podría llegar a estar.  El corto trayecto de 50km a Churmalab marcaría el último trazo de confortable asfalto en mucho tiempo. A primeras horas de la mañana un imponente paisaje expandido en el infinito se revelaba detrás de un fino halo de neblina. Por primera vez se empezaba a sentir la inmensidad vasta y remota del altiplano.


En este último tramo ameno, una vez más y por última vez en el viaje, volvimos a encontrar al Dri Chu (Yangtze) ya en el último tramo de su curso superior. Esta vez no nos tocó seguirlo sino tan solo cruzarlo. Al seguir el curso de un río a lo largo de muchos días y centenas de kilómetros, es fascinante ver cómo los mismos se abren paso por las regiones del mundo independientemente de la geografía de cada lugar. Nada detiene a los ríos en su búsqueda de alcanzar el océano. Hacía sólo días pedaleábamos precipicios bordeando el Dri Chu a lo largo de cañones estrechos y geografías vertiginosas donde el sol necesita volar alto para alcanzar con sus rayos las orillas; hoy lo encontramos serpenteando en una meseta inmensa, plana, colorida y abierta donde no hay refugio posible del sol. Así como los picos son sagrados para los Tibetanos, los ríos lo son también, es por ello que el largo puente que cruza el Dri Chu está coronado, en toda su extensión y en ambos de sus lados, por millares de banderas de plegarias tibetanas.



 Ya pasado el Drichu y luego de un último ascenso, llegamos a pleno altiplano a un promedio de 4400 mts de altura. Todo alrededor era vasto, inmenso y rodar hacia Churmalab fue como hacerlo sobre un tapiz multicolor de amarillos, rojos, naranjas y verdes, manchado por las sombras negras proyectadas desde las nubes inmensas que se mueven bajo un océano de cielo azul profundo. Todo es quietud, todo es silencio, el espectáculo visual, grandioso.


Luego de tan sólo un par de kilómetros de salir del pueblo de Churmalab, ese idílico asfalto de los últimos 50km desapareció para nunca volver y cada kilómetro hacia adentro del altiplano se volvía cada vez más aislado. La ya tan escasa civilización había quedado atrás y no restaba más que atravesar estas tierras remotas para volver a encontrarla, ya no había vuelta atrás. Los ascensos se hicieron cada vez más frecuentes y extensos, en tan sólo 50km hubo que hacer tres pasos entre los 4300 hasta los 4600mts. A pesar de la poca diferencia de nivel, el frío, el viento, la sensación de aislamiento y la prolongada extensión de las subidas, comenzó a ser un ejercicio agotador. Las bajadas, en contraposición, resultaban no más que el placer efímero de un breve momento de distensión; llevaba tan sólo minutos alcanzar una nueva subida. En la medida que hubiera sol, el frío era tolerable, y encontrar una manada de ovejas pastando en estas alturas entre gigantes helados en tanta soledad, junto a su único pastor recordaban que la vida aún es posible en estas tierras.


  Y es al final de un día agotador, en regiones tan lejanas cuando un campamento de nómadas donde encontrar un poco de calor, poder tener algo de compañía en los alrededores de la tienda, y poder obtener algo de alimento, es una verdadera bendición.


 En un clima altamente volátil como el del altiplano, las tormentas van y vienen caprichosamente y el final de un día tormentoso puede derivar en un campamento de ensueño bajo miles de millones de estrellas, albergando la esperanza de que los días a venir no serán tan duros.



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