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Tierra de encuentros


Luego de períodos de tanta intensidad, día tras día manejando niveles de adrenalina tan altos, la llegada a trayectos más fáciles no sólo es bienvenida sino que se vuelve una necesidad. Para cuando llegué a Etoumbi, había pasado algunas de las semanas más extremas en toda mi vida de viajar por el mundo. Estaba feliz pero exhausto, por eso recibí con alegría el reencuentro con el asfalto. Durante aquellos días fáciles que le siguieron a "la guerra", mirando en retrospectiva a las últimas semanas, me era difícil imaginar la posibilidad de estrechos aún más emocionantes que los que recién acababa de pasar. Pero mi travesía por la selva lejos estaba de terminar. En todo caso, recién había comenzado, y la aventura que ella tenía guardada para mí en las semanas por venir me llevaría a atravesar experiencias que pondrían a prueba una vez más, todas y cada una de mis capacidades (y limitaciones)

Encuentros especiales
  
La ruta N2, que sirve de columna vertebral de la República del Congo, ha sido finalmente terminada de asfaltar por los chinos en 2015.  Es prácticamente una ruta fantasma donde no hay tráfico alguno, como tampoco mucha población a lo largo de ella en la mitad norte del país. Me sienta bien, pero a pesar de que atraviesa la bellísima selva ecuatorial, la sensación de estar en ella se pierde por el ancho del camino, especialmente luego de las últimas semanas

 Tengo claro que necesito aprovechar de estos días fáciles para poder reponerme, pero con la caída de la adrenalina, rápidamente deviene el aburrimiento y me resulta inevitable no acelerar el paso para volver a internarme en la selvaHay muchos aspectos que alteran nuestra noción del tiempo. Si las experiencias intensas "acortan" los días, el aburrimiento los "extiende". Por eso gustamos decir: "días cortos" y "días largos" para definir una sensación, pero nada realmente cambia a nuestro alrededor en la vida, sino nuestra percepción. 

  Estos son días largos, bien largos, impregnados de denso y húmedo aire tropical, en este trópico caprichoso donde por momentos me veo comprimido por un calor que me asfixia, y en otros, me encuentro ahogado bajo furiosos diluvios torrenciales. Primero hace brotar mis olores más oscuros para después, sin piedad, someterme a fuertes duchas purificadoras. Por un lado me deshidrata, pero por otro me lanza bocanadas de agua para que me hidrate con la hermosa sensación de estar bebiendo del cielo.  


 Entre tanto, los sonidos de la selva siguen endulzando mis días. No hay gente por varias horas a la vez, pero nunca estoy solo, siempre es hora de reunión en la selva. Los encuentros se suceden unos tras otros. Los pájaros de colores, las mariposas, las víboras venenosas, los escorpiones, las colonias de monos sacudiendo las copas de los árboles al saltar, y ahora alguien nuevo en mi camino: las familias de chimpancés, quienes reposando en lo alto de los árboles, me miran pasar con la misma curiosidad pueblerina con la que yo los miro a ellos.   


Me lleva 4 días llegar a Ouesso, una ciudad pequeña fronteriza a orillas del río Sangha. Llego con grandes ambiciones y renovada sed de aventura. Quiero entregarme de vuelta a las caricias y rasguños de la selva profunda. Me propongo atravesarla en busca de la posibilidad de llegar hasta la República Centroafricana (R.C.A). No tengo certeza alguna. No hay ningún tipo de transporte oficial desde el Congo hacia allí, no hay ruta ni tengo visa. El único medio es navegar el Sangha alquilando una lancha privada que cuesta unos 700 dólares, lo que claramente no es una opción para mí, o bien encontrar alguna alternativa que aún desconozco pero que estoy dispuesto a descubrir. Es momento de llamar a Brazzaville.

Había conocido a Marcel, el ex-jefe de la guardia forestal de la provincia de Likoualá, en la boda de su hija, hacía dos meses atrás en Brazzaville. Allí, luego de comentarle mis planes, le pedí orientación sobre la situación de esta remota región, las posibilidades de llegar a la R.C.A. desde allí y tal vez si podía ayudarme a encontrar una balsa. Marcel, un hombre amable de una gran sensibilidad, inmediatamente me dio su teléfono y me dijo que lo llamara al llegar a Ouesso, que podía contar con él para ayudarme a través de sus contactos locales. 

Dicho y hecho, luego de contactarlo, en menos de 24 hs me había encontrado una alternativa. Mi corazón estallaba de emoción! Ahora debía dirigirme a la base de WCS (Wildlife Conservation Society) en una pequeña aldea remota a 2 o 3 días cruzando la selva río arriba. Allí, Andrea Turkalo, una bióloga científica estadounidense en camino de vuelta a su base en la R.C.A, me esperaba para llevarme en lancha con ella. No tenía idea de lo que me esperaba, pero no había tiempo para pensarlo, debía salir lo antes posible para asegurarme no perder una oportunidad probablemente única e irrepetible. Al día siguiente, me encontraba cruzando el río Sangha en Ouesso en camino hacia lo inesperado.

   
 Al descender de la canoa, una nueva tierra desconocida cargada de adrenalina yace delante mío. Puedo sentir una vez más a mi corazón intentando salirse de mi pecho. La emoción me rebalsa. Es euforia que ocupa mi cuerpo, es combinación de curiosidad, sed de aventura y miedo. Voy hacia lo desconocido, marchando solo por un largo camino de tierra roja intensa de subidas y bajadas envuelto de jungla densa. La respiro, la escucho, la absorbo y la sudo pasando las horas sin ver a nadie, avanzando despacio porque es muy duro, pero también por tratar de no perderme de nada. Son demasiados estímulos al mismo tiempo y no me quiero perder de ninguno. 


Las horas solitarias son arduas y duras, pero pasan sin percibirse. Una vez más mi noción del tiempo se ha alterado. Los días emocionantes son cortos cuando se absorbe la presencia de cada minuto de la experiencia de la vida. Estoy feliz cuando estoy solo y aún más feliz estoy cuando comienzo a encontrarme con los habitantes ancestrales de esta profunda selva. Son los pigmeos Baka, que han estado aquí desde el inicio de los tiempos. Son encuentros como estos por los que valen la pena todos los esfuerzos.
  

 En cada cruce con pigmeos me detengo a conversar haciendo uso del más refinado lenguaje de señas, a través del cual no sólo nos comunicamos sino que nos divertimos mucho intentándolo. Con mi modesta altura media de 178 cm, me siento un holandés parado junto a ellos, quienes raramente alcanzan los 150 cm. Son dulces, son amables, son también sufridos y claramente no entienden qué demonios hace un blanco en bicicleta en su tierra.  Pero sin importar el desconcierto, no dudan en recibirme con afecto.


Al poco tiempo de dejarlos atrás, me encuentro nuevamente solo y lejos de todo. Consciente de que algo está cambiando a mi alrededor, miro hacia el cielo y me doy cuenta de que unas nubes de tormenta lo han teñido de negro. Hay que estar allí, para sentir en el cuerpo la tensión cuando todo se oscurece y la selva entera acalla, entrando vilo en los momentos que preceden a una tormenta tropical. En pocos segundos, la naturaleza despliega con furia todo su poder al lanzar sobre mí cataratas de agua que no me dejan ver. Los truenos hacen temblar el suelo y los rayos salpican de luz blanca enceguecedora a este oscuro rincón del planeta. Los árboles se sacuden indómitos con la fuerza del viento y en el suelo rojo bermellón intenso brotan las arterias por donde corre la sangre naranja de esta tierra. Lejos de todo posible refugio me toca seguir pedaleando, sometido a los caprichos de la madre tierra quien me hace pasar del calor húmedo de un sauna, al frío intenso de este chapuzón de agua helada.

 En esos momentos puedo sentir que la naturaleza ha venido a demostrar quién es que manda aquí, y sólo, tan sólo cuando lo ha dejado bien claro termina su lección habiendo logrado su cometido de volvernos más humildes y prudentes en nuestras acciones. Cuando la clase de respeto acaba, los rayos del sol del atardecer vuelven a filtrar a través de las copas de los árboles, ahora volviendo al mundo un reluciente escenario de ocres y dorados. Miles de millones de bichos vuelven a cantar embriagados después de este carnaval y yo, empapado y sonriendo miro a mi alrededor disfrutando de esta increíble magia


Al poco tiempo, el día llega a su fin y pocas cosas intimidan tanto como pasar la noche solo en la selva en la más absoluta oscuridad. Una nueva colección de sonidos de la noche se suma a la del día, zumbando alrededor sin cesar, y la amenaza de la llegada de los grandes animales nocturnos se vuelve real. Llevo semanas, ya desde Gabón, viendo las enormes huellas de los elefantes impresas en el barro. Al caer la noche todo puede ocurrir. Necesito encontrar un lugar para acampar, y pronto, pero la densidad de la vegetación lo hace imposible. Por eso me propongo seguir adelante en busca de un puesto de guardias forestales del que alguien me había hablando en una aldea. No tengo idea si será cierto o si he entendido bien, pero antes que acampar en el medio del camino, decido seguir avanzando un poco más ya entrada la noche.  

Mis nervios se acrecientan con el pasar de los minutos y el sonido intenso de la jungla que no deja de vibrar, pero luego de una hora, allá a lo lejos delante mío, veo un punto pequeño de luz. Parece una estrella en el centro del espacio y la distancia que me separa de ella, un abismo insalvable. Minutos más tarde diviso que es una linterna y en breve llego a una barrera junto a una precaria cabaña de madera elevada del piso. Siento un enorme alivio, cuando tres hombres de la guardia forestal me iluminan asombrados por mi llegada.

No he visto más que dos pequeños grupos de pigmeos en dos días de soledad y la comunicación ha sido muy limitada. Ahora, finalmente con estos tres guardias puedo hablar en francés y saber dónde estoy y lo que me tocará al día siguiente. Entienden la dificultad de lo que estoy haciendo por eso con gran gentileza no dudan en compartir su comida, su agua y cederme una porción de piso en el exterior de la cabaña bajo el alero, donde puedo colgar la mosquitera y dormir sin tener que acampar abajo, donde me dicen que hay demasiadas víboras muy venenosas, hormigas peligrosas y sin dudas lo más riesgoso, el paso de los elefantes durante la noche. 

Mientras intento comer despacio intentando disimular con cierta educación el apetito de voraz que traigo, conversamos de la vida en la selva, de la soledad, de los animales, del motivo de la presencia de los guardias allí para intentar poner freno a la deforestación ilegal y a los cazadores furtivos de gorilas y elefantes. Estos hombres pasan meses aislados de sus familias, ganando miserias por una sola causa: proteger su selva y los animales. Una tarea titánica para tan poca cantidad de personal. 

-¿Gorilas!?!!- exclamo con enorme curiosidad. -¿Es cierto entonces que hay gorilas por aquí? - Repito. -Por supuesto que sí, abundan en toda esta región - Responde uno como si fuera algo obvio. Les pregunto si hay por casualidad en la dirección hacia donde me dirijo y me responden que sin duda veré, no uno, sino varios al día siguiente. Me voy a dormir lleno de ilusión, con mis ojos brillando y el corazón palpitando de la emoción, pero a su vez intento contenerme para evitar una gran desilusión. Después de todo, ya me ha pasado antes de esperar ver animales que al final nunca aparecieron. 

  Al día siguiente me despierto a las 6 am con la claridad del día. Los primeros rayos de luz filtran por mi mosquitera en la húmeda neblina matinal, mientras me friego los ojos intentando generar la motivación necesaria para poder levantarme. He dormido como un niño con la usual dulce melodía nocturna de la jungla pero llevo semanas mal alimentado y derrochando energías, es inevitable no sentir cansancio. Siento que podría dormir por varios días seguidos, pero hoy más que nunca necesito comenzar temprano. Tengo un largo día por delante.

  Mientras desayuno junto a ellos café instantáneo con un poco de arroz frío de la noche anterior, una víbora de dos cabezas se desliza delante nuestro. Me dicen que es muy peligrosa pero a mí me parece inofensiva. Les pido que en todo caso no la maten y gracias a eso se limitan a pegarle un escobazo para lanzarla de vuelta a los arbustos de donde ha venido pero estoy convencido de que por dentro se en de mi ingenuidad. Poco tiempo después, levanto mis cosas y con un abrazo me despido mientras me aseguran que veré muchos gorilas hoy. Estoy emocionado.


He avanzado mucho más lento de lo que había estimado para los últimos días y ahora me encuentro con un gran desafío por delante. Me faltan aún 162 km hasta llegar a la base de WCS donde me espera la bióloga Andrea Turkalo para partir hacia la R.C.A a la mañana siguiente. No tengo otra opción más que llegar esta noche sino quiero perder la única chance que tengo de lograr lo que me he propuesto. Hacer 160 km en un día es ya de por sí una tarea ardua en las condiciones de camino más óptimas como las de asfalto perfecto sin muchas subidas ni bajadas y clima templado. Replicar esa misma distancia, pero atravesando plena selva ecuatorial requiere como mínimo, empujar más allá las propias limitaciones, pero en esta vorágine de adrenalina en la que entré, es una tarea que estoy dispuesto a encarar sin la menor duda. 
 
 
 
 La selva se cierra aún más, sigo absolutamente solo y llevo días sin ver un solo vehículo. Los matorrales espesos de la jungla decoran las paredes que enmarcan la perspectiva de mi camino. Por suerte no ha llovido en esta zona y la tierra está lo suficientemente firme como para que pueda pedalear a una velocidad razonable. No puedo evitar la ansiedad, quiero ver gorilas y estoy obsesionado. Con la presión de la distancia que me propongo hacer hoy, no tengo mucho margen de tiempo como para estar deteniéndome, pero no quiero correr porque no me quiero perder de cualquier posible encuentro con ellos. Sé que esto requiere paciencia, pero pasan más de dos o tres horas y no escucho más que los sonidos de todos los días. Entre tanto, la selva me arroja nuevos encuentros que me sirven de entretenimiento cuando una temible cobra se desliza delante mío y me obliga a frenar completamente. Estas víboras son extremadamente venenosas y me causa estupor tan sólo mirarla. 


Al avanzar, también noto que un zumbido diario que siento hace días por encima de mi cabeza, se hace hoy más intenso. Ya no tengo dudas, son abejas, enjambres enteros de abejas que no dejan de zumbar y hoy se siente particularmente más fuerte que antes. Al detenerme para un simple descanso a ver una mariposa, comienzan a descender sobre mi piel sudorosa pero también, por algún motivo que desconozco, se vienen a mis pies y comienzan a entrar por los intersticios de mis destrozadas sandalias. No entiendo qué está pasando, me pica una, me pica otra y siguen viniendo. No me queda otra que quitármelas y alejarme. Luego de unos minutos, no sé qué hacer y vuelvo sacudiendo mi camiseta para ahuyentarlas. Al irse,  encastro rápidamente la sandalia para salir corriendo. Una que había quedado adentro me pica pero me monto a la bicicleta, intentando contener el dolor y alejarme lo más rápido posible


Las abejas me están volviendo loco, las víboras me intimidan y sigo sin ver gorilas, hasta que de repente, un sonido gutural resuena en la selva a mi alrededor por encima de todos los demás, seguido de un fuerte golpeteo, casi como si estuvieran sonando tambores. Es espeluznante. - La re-puta madre que me p....!!!! - Exclamo para mis adentros cuando mi corazón se acelera en una mezcla de miedo y emoción. Eso tiene que ser un gorila! no puede ser otra cosa pienso. No sé si parar o seguir. Avanzo lento y escucho "voces" hasta que veo una mancha negra gigante fugazmente cruzando el camino delante mío. La piel se me eriza tanto como aquella noche que tenía leones alrededor de la carpa en el desierto en Namibia. Me detengo absolutamente, saco la cámara del bolso y allí espero.

Pasan varios minutos hasta que finalmente, algunas decenas de metros adelante mío, un gigante peludo negro se asoma entre la maleza y se queda agazapado. Es imposible describir lo que siento, el corazón al galope intenta salirse de mi pecho. Ambos nos quedamos totalmente quietos, en silencio. Puedo definir a este como un momento de evaluación y escudriño mutuos. Él me mira suspicaz y hasta con cierta desconfianza, yo lo miro petrificado con una fascinación que no puedo definir. Creo que se queda allí intentando leer la situación y entender qué hago allí o bien qué esperar de mí.


Pasan varios minutos, 10-15, no lo sé, pero no dejamos de mirarnos y escudriñarnos. Todo a mi alrededor deja de existir para mí en ese momento a excepción de este lazo visual entre él/ella y yo. El tiempo no existe más, este es uno de los encuentros más fascinantes que he tenido en mi vida. Finalmente, como si hubiera obtenido la confianza necesaria de mí, continúa su camino y yo me quedo allí detenido, estupefacto. Acabo de estar frente a frente con un gorila y como si hubiera sido poco en los próximos 20 a 30 km veré no menos de 6 o 7 más y escucharé a muchos otros.


Deslumbrado, anonadado, sin poder creer lo que estoy viviendo continúo mi camino sabiendo que tengo esta magnífica compañía, y estoy tan absorbido en la alegría de lo que estoy viviendo, que me olvido de todo lo que potencialmente hay a mi alrededor. De repente, un gruñido espeluznante suena al lado mío entre los árboles. En momentos así, la reacción por instinto signada por el miedo se antepone a toda posible razón. En el mismísimo segundo que se me congela la sangre piso los pedales sin mirar hacia el costado, pero es una reacción tan atolondrada que pierdo el equilibrio y me caigo al piso. Al mirar hacia atrás, un inmenso Silver back (Gorila de lomo plateado) sale al camino, me mira con furia como si lo estuviera molestando en su casa, y como si fuera una mujer enojada por un engaño en una telenovela, se da vuelta sacudiendo los hombros, dándome su espalda plateada, para zambullirse nuevamente en la selva y desaparecer.

 Estupefacto, me quedo en el piso varios minutos, seguramente con los ojos desorbitados y tratando de racionalizar lo que me acaba de pasar. Jamás en mi vida olvidaré ese gruñido gutural que resonó a mi alrededor, y la imagen de enojo de ese magnífico King Kong que se materializó delante mío. Fue tan fascinante como aterrador y necesito de varios minutos para recomponer la postura y seguir adelante

Luego de varias horas, sigo pedaleando mientras reflexiono profundamente sobre cuán intensa es esta vida que he elegido. Mientras hay turistas que pagan hasta 800 euros por ser guiados a ver gorilas por tan sólo una hora, yo he pasado gran parte de mi día hoy viendo varios de ellosfrente a frente, habiendo pagado 0$. Sumido en mis pensamientos, cuando menos lo espero, llego al final de la tarde a la última aldea antes de la base de WCS. He hecho 132 km, queda un poco de claridad aún y estoy motivado. Ahora sólo me queda sellar rápido la salida en mi pasaporte, pero primero tengo que encontrar el puesto de inmigración, antes de poder hacer los últimos 32 km. Ha sido un día fantástico cargado de emoción y si todo sigue así, llegaré a tiempo como lo planeaba. Pero ese trámite, usualmente tan sencillo se volvería algo completamente inesperado, provocando un radical cambio en el rumbo de mi día.

Comentarios

  1. un saludo cordial NIco y muchas gracias

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  2. Vaya vivencias,extraordinario Nico. Qué intensa es la vida cuando uno elige salirse de los convencionalismos. Enhorabuena y a seguir disfrutando.

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